La noticia corrió, esta vez sí,
como la pólvora entre los medios de comunicación del país sin que pudiéramos
hacer nada por evitarlo. Habíamos encontrado una fosa con varios cadáveres e
indicios claros que nos hacían pensar que al fin la tumba de García Lorca había
sido localizada. El mito del poeta granadino ganó varios enteros y todos los
informativos abrieron al día siguiente con el hallazgo.
Tomé inmediatamente un avión
hacia Granada. En el aeropuerto, un nutrido grupo de periodistas me asaltó. No
esperaba tal recibimiento e intenté zafarme de sus insistentes preguntas. Mi
pensamiento se hallaba en esos momentos en la excavación, a la que deseaba
llegar cuanto antes.












