Unos pasos resonaban en la estrechez del callejón del Codo, con desigual cadencia por causa de la cojera del individuo. En su faz titilaba una sonrisilla traviesa, como si, excusado por las sombras de la noche, se le otorgase el placet para acometer la acción más abyecta. Se detuvo frente a una pared poco iluminada que olía a orines, y ajustose los anteojos. En aquel rincón que cada madrugada hacía las veces de letrina, alguien había plantado un crucifijo con la ilusoria esperanza de que la invocación a lo sagrado hiciera desistir a los incívicos que se desahogaban sin miramientos. Ante la ausencia de resultados, un postrer letrero insistía en el reproche:
Donde hay cruces, no se mea.
Apenas
conteniendo la risa, se dispuso el cojo a resarcir la afrenta instalando otro
cartel de su autoría:
Donde se mea, no se ponen cruces.(1)
Y
sin cargo alguno de conciencia se llevó la mano a la entrepierna con la
intención de devolver lo que, horas antes, el vino le había regalado.
—¡Dios os guarde, señoría!
El
hombrecillo vio interrumpido su quehacer antes siquiera de haber comenzado. Con
la botonadura aún abierta, se giró para contemplar a un caballero que con la
mano se atusaba el curvado bigote.
—¿Lope?
—acertó a distinguir— Os hacía en la alcoba, que el dormir suma a la par que
los años.
—Cuando
alcancéis lo míos, comprobaréis que no les restan a los apetitos de la carne.
—Que
así sea, amigo. Hablando de necesidades del cuerpo, ¿habéis venido a
acompañarme en la ineludible urgencia que sobreviene tras los placeres de Baco?
—Apreciado
Quevedo, retorcéis en exceso las palabras. Dado que no puedo rehusar esta
papeleta, comenzaré por desabrocharme la bragueta.
Disponíanse,
pues, ambos hombres a aligerar en comandita sus organismos, cuando fueron
interrumpidos por el aullido de los goznes de una puerta. A escasos metros, una
espigada y triste figura apareció en la negrura, acompañado por una joven de
generoso escote que lo despedía con un beso en la mejilla.
—¿Cervantes?
¡a vuestra edad! ¿no os da vergüenza? —le espetó Lope.
—En
mala hora piso la calle, ¡el Fénix de los ingenios!(2) —respondió
con retintín.
—¡Si
podríais ser su padre!
—Por
poder, podría —rió la moza— al igual que medio Madrid, que así como me concibió
puso pies en polvorosa.
—Los
pies os los besaba yo con gusto, Rosita.
—¿Cómo?
¿Que también la conocéis, Fénix?
—De
vista, Cervantes, tan solo de vista —se sonrojó éste.
—Y
díganme vuesas mercedes, ¿cómo es que los hallo juntos en este rincón oscuro y
con las braguetas abiertas? ¿Acaso debo sospechar que…?
—¡No,
por Dios! —exclamaron al unísono.
—Doy
fe por el de los anteojos —aseveró Rosita.
—¡Pero
vos también, Quevedo!
No
hubo tiempo para explicaciones, unos pasos sonaron por el callejón presagiando
la inminente llegada de compañía. No acertaron a verle el rostro hasta que
alcanzó su altura.
—Érase
un hombre a una nariz pegado(3) ¡El que faltaba!
—Si
pensaba que no podía ir peor la noche, ¡tenía que tropezarme con Don Francisco
de Quebebo!(4)
—No
semeja que vengáis de pasarlo mal, las manos apretando con disimulo vuestra
entrepierna delatan que os acucia la misma urgencia y, por ende, el santo Luis
de Góngora(5) ha gozado del caldo morado esta noche.
—Mal
rayo os parta, paticojo.
—¿Os
parece, señorías, que lo sometamos también a examen? —se burló Lope— Venid, Rosita,
necesitamos nuevamente de vuestra memoria.
—Callad,
Lope de Beba.(6)
—Señores,
haya paz —terció Cervantes— Pensémoslo, ¿qué posibilidad habría de que los
cuatro coincidiésemos esta noche en el mismo lugar y a la misma hora? No
debemos torcer la mano al destino.
—Está
vuesa merced para hablar de manos(7) —rió Lope.
—Sea
como fuere —apuntó Quevedo— en lo que a mí respecta hay asuntos que no admiten ya
más demora. Y por lo que adivino en los rostros de sus señorías, intuyo que la
urgencia es compartida.
—Compartamos
pues —se alegró Cervantes— y por una noche regocijémonos en lo que nos une.
Juntos, demos rienda suelta a la necesidad de la que todo hombre es esclavo.
—¡Y
toda mujer!
—¡Rosita!
—exclamaron mirando hacia la ventana de la que procedía la voz.
Así
es como se obró el milagro y, esa madrugada, aquellos próceres de las letras
abandonaron sus mutuos resquemores y compartieron un instante de quietud que se
fue tornando en alivio primero y, después, en absoluta felicidad. Por contra, las
piedras de la desdichada pared soportaban de nuevo la cálida humedad expelida por
los cuatro genios. No sabían, esos pobres incautos, que a pocos metros e
iluminada ya la escena por las primeras punzadas del alba, en la plazuela que
se abría al final del callejón un imberbe aprendiz que casualmente se hallaba
en la capital acompañando a su maestro Francisco Pacheco, dibujaba un esbozo de
la escena a la mismísima velocidad del rayo.
—Algún
día, cuando alcance la fama, daréis gracias porque haya inmortalizado vuestras
posaderas, caballeros.
Los
cuatro se volvieron, pero el mozalbete corría ya como alma en pena, calle
abajo. Con el tiempo, de aquella andanza el pintor alumbró un lienzo, que
tituló sin devanarse en exceso la sesera, Literatos miccionando y mujer
boquiabierta tras una cortina. En una esquina estampó la firma que, pasados
los años, llegaría a ser gloriosa: Diego de Velázquez.(8)
Nadie
sabe ni sabrá nunca, salvo Dios y con mayor razón el diablo, qué terminó siendo
de aquel cuadro.
(1) Anécdota real protagonizada
por Quevedo en la madrileña calle del Codo. Este rincón de la ciudad era
utilizado a menudo como aliviadero para quienes se retiraban después de una
noche de juerga. Era costumbre entre los afectados poner una cruz intentando
que lo sagrado sirviese de disuasión. La calle del Codo baja desde la plaza de
la Villa bordeando la Torre de los Lujanes, donde el emperador Carlos I mantuvo
preso por un año al rey Francisco I de Francia tras apresarlo en la batalla de
Pavía. Zona de recomendada visita si se viaja a la capital.
(2) Fénix de los Ingenios es el
apodo que el pueblo llano había puesto a Félix Lope de Vega y Carpio, debido a
su prolífica obra. Cervantes la utiliza con sorna por las rivalidades entre
ambos literatos.
(3) Como es bien conocido, comienzo
del soneto que Quevedo compuso a Góngora. Entre ambos llegó a surgir una
rivalidad que rayaba en lo personal.
(4) Francisco de Quebebo era el despectivo
con el que Góngora se refirió a Quevedo en una de sus sátiras, en alusión a su
afición a la bebida y la juerga nocturna.
(5) Aquí me tomo una licencia
literaria, pues Góngora no se asentó en Madrid hasta 1617, ya muerto Cervantes
en 1616. No obstante, nada impide que en la fecha en la que se sitúa el relato
Góngora estuviese de paso en la capital, aunque no esté históricamente
documentado.
(6) Entre Lope y Góngora existía
también una rivalidad personal y literaria, cambiando este último su apellido a
de Beba en una de sus rimas, en alusión a su también afición a la juerga.
(7) En clara alusión a la
condición de El Manco de Lepanto.
(8) De nuevo me permito una
licencia, puesto que Velázquez se estableció en Madrid en 1623. En 1613 el
pintor tenía 14 años y era ya aprendiz en el taller de su maestro Francisco
Pacheco, en Sevilla. Para hacerlo coincidir con los cuatro genios, me invento
un viaje a la capital en compañía de su mentor.


No hay comentarios:
Publicar un comentario