lunes, 9 de febrero de 2026

El destino juega con dados de oro

 Madrid, 1613

Unos pasos resonaban en la estrechez del callejón del Codo, con desigual cadencia por causa de la cojera del individuo. En su faz titilaba una sonrisilla traviesa, como si, excusado por las sombras de la noche, se le otorgase el placet para acometer la acción más abyecta. Se detuvo frente a una pared poco iluminada que olía a orines, y ajustose los anteojos. En aquel rincón que cada madrugada hacía las veces de letrina, alguien había plantado un crucifijo con la ilusoria esperanza de que la invocación a lo sagrado hiciera desistir a los incívicos que se desahogaban sin miramientos. Ante la ausencia de resultados, un postrer letrero insistía en el reproche:

Donde hay cruces, no se mea.

Apenas conteniendo la risa, se dispuso el cojo a resarcir la afrenta instalando otro cartel de su autoría:

Donde se mea, no se ponen cruces.(1)

Y sin cargo alguno de conciencia se llevó la mano a la entrepierna con la intención de devolver lo que, horas antes, el vino le había regalado.

 —¡Dios os guarde, señoría!

El hombrecillo vio interrumpido su quehacer antes siquiera de haber comenzado. Con la botonadura aún abierta, se giró para contemplar a un caballero que con la mano se atusaba el curvado bigote.

—¿Lope? —acertó a distinguir— Os hacía en la alcoba, que el dormir suma a la par que los años.

—Cuando alcancéis lo míos, comprobaréis que no les restan a los apetitos de la carne.

—Que así sea, amigo. Hablando de necesidades del cuerpo, ¿habéis venido a acompañarme en la ineludible urgencia que sobreviene tras los placeres de Baco?

—Apreciado Quevedo, retorcéis en exceso las palabras. Dado que no puedo rehusar esta papeleta, comenzaré por desabrocharme la bragueta.

Disponíanse, pues, ambos hombres a aligerar en comandita sus organismos, cuando fueron interrumpidos por el aullido de los goznes de una puerta. A escasos metros, una espigada y triste figura apareció en la negrura, acompañado por una joven de generoso escote que lo despedía con un beso en la mejilla.

—¿Cervantes? ¡a vuestra edad! ¿no os da vergüenza? —le espetó Lope.

—En mala hora piso la calle, ¡el Fénix de los ingenios!(2) —respondió con retintín.

—¡Si podríais ser su padre!

—Por poder, podría —rió la moza— al igual que medio Madrid, que así como me concibió puso pies en polvorosa.

—Los pies os los besaba yo con gusto, Rosita.

—¿Cómo? ¿Que también la conocéis, Fénix?

—De vista, Cervantes, tan solo de vista —se sonrojó éste.

—Y díganme vuesas mercedes, ¿cómo es que los hallo juntos en este rincón oscuro y con las braguetas abiertas? ¿Acaso debo sospechar que…?

—¡No, por Dios! —exclamaron al unísono.

—Doy fe por el de los anteojos —aseveró Rosita.

—¡Pero vos también, Quevedo!

No hubo tiempo para explicaciones, unos pasos sonaron por el callejón presagiando la inminente llegada de compañía. No acertaron a verle el rostro hasta que alcanzó su altura.

—Érase un hombre a una nariz pegado(3) ¡El que faltaba!

—Si pensaba que no podía ir peor la noche, ¡tenía que tropezarme con Don Francisco de Quebebo!(4)

—No semeja que vengáis de pasarlo mal, las manos apretando con disimulo vuestra entrepierna delatan que os acucia la misma urgencia y, por ende, el santo Luis de Góngora(5) ha gozado del caldo morado esta noche.

—Mal rayo os parta, paticojo.

—¿Os parece, señorías, que lo sometamos también a examen? —se burló Lope— Venid, Rosita, necesitamos nuevamente de vuestra memoria.

—Callad, Lope de Beba.(6)

—Señores, haya paz —terció Cervantes— Pensémoslo, ¿qué posibilidad habría de que los cuatro coincidiésemos esta noche en el mismo lugar y a la misma hora? No debemos torcer la mano al destino.

—Está vuesa merced para hablar de manos(7) —rió Lope.

—Sea como fuere —apuntó Quevedo— en lo que a mí respecta hay asuntos que no admiten ya más demora. Y por lo que adivino en los rostros de sus señorías, intuyo que la urgencia es compartida.

—Compartamos pues —se alegró Cervantes— y por una noche regocijémonos en lo que nos une. Juntos, demos rienda suelta a la necesidad de la que todo hombre es esclavo.

—¡Y toda mujer!

—¡Rosita! —exclamaron mirando hacia la ventana de la que procedía la voz.

Así es como se obró el milagro y, esa madrugada, aquellos próceres de las letras abandonaron sus mutuos resquemores y compartieron un instante de quietud que se fue tornando en alivio primero y, después, en absoluta felicidad. Por contra, las piedras de la desdichada pared soportaban de nuevo la cálida humedad expelida por los cuatro genios. No sabían, esos pobres incautos, que a pocos metros e iluminada ya la escena por las primeras punzadas del alba, en la plazuela que se abría al final del callejón un imberbe aprendiz que casualmente se hallaba en la capital acompañando a su maestro Francisco Pacheco, dibujaba un esbozo de la escena a la mismísima velocidad del rayo.

—Algún día, cuando alcance la fama, daréis gracias porque haya inmortalizado vuestras posaderas, caballeros.

Los cuatro se volvieron, pero el mozalbete corría ya como alma en pena, calle abajo. Con el tiempo, de aquella andanza el pintor alumbró un lienzo, que tituló sin devanarse en exceso la sesera, Literatos miccionando y mujer boquiabierta tras una cortina. En una esquina estampó la firma que, pasados los años, llegaría a ser gloriosa: Diego de Velázquez.(8)

Nadie sabe ni sabrá nunca, salvo Dios y con mayor razón el diablo, qué terminó siendo de aquel cuadro.

 

(1)  Anécdota real protagonizada por Quevedo en la madrileña calle del Codo. Este rincón de la ciudad era utilizado a menudo como aliviadero para quienes se retiraban después de una noche de juerga. Era costumbre entre los afectados poner una cruz intentando que lo sagrado sirviese de disuasión. La calle del Codo baja desde la plaza de la Villa bordeando la Torre de los Lujanes, donde el emperador Carlos I mantuvo preso por un año al rey Francisco I de Francia tras apresarlo en la batalla de Pavía. Zona de recomendada visita si se viaja a la capital.

(2) Fénix de los Ingenios es el apodo que el pueblo llano había puesto a Félix Lope de Vega y Carpio, debido a su prolífica obra. Cervantes la utiliza con sorna por las rivalidades entre ambos literatos.

(3) Como es bien conocido, comienzo del soneto que Quevedo compuso a Góngora. Entre ambos llegó a surgir una rivalidad que rayaba en lo personal.

(4)  Francisco de Quebebo era el despectivo con el que Góngora se refirió a Quevedo en una de sus sátiras, en alusión a su afición a la bebida y la juerga nocturna.

(5) Aquí me tomo una licencia literaria, pues Góngora no se asentó en Madrid hasta 1617, ya muerto Cervantes en 1616. No obstante, nada impide que en la fecha en la que se sitúa el relato Góngora estuviese de paso en la capital, aunque no esté históricamente documentado.

(6) Entre Lope y Góngora existía también una rivalidad personal y literaria, cambiando este último su apellido a de Beba en una de sus rimas, en alusión a su también afición a la juerga.

(7)  En clara alusión a la condición de El Manco de Lepanto.

(8)  De nuevo me permito una licencia, puesto que Velázquez se estableció en Madrid en 1623. En 1613 el pintor tenía 14 años y era ya aprendiz en el taller de su maestro Francisco Pacheco, en Sevilla. Para hacerlo coincidir con los cuatro genios, me invento un viaje a la capital en compañía de su mentor.






 

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