viernes, 18 de septiembre de 2026

No esta noche

        No soportaré que este viernes sea el último en que vea la luz de tus ojos. Concédeme un día más, al menos otro.

¿Qué se siente cuando se va parte de uno mismo? No es una metáfora, ni una frase ocurrente. Estoy condenado a averiguarlo, temiendo a cada instante un para siempre. Y juro que me revienta por dentro.

No te mueras esta noche. El día se adivina desangelado, y tengo miedo.

Jamás la soledad se ha burlado de mí de esta manera, y eso que conozco bien su rostro. Porque hasta ahora, nunca faltaste. Y no estoy seguro, maldita sea, de saber caminar sin ti, sólo con ella.

martes, 4 de agosto de 2026

El pajarillo enjaulado

   Una rata huidiza deambulaba entre las mesas de la taberna del Turco. Se acercó a un rincón en penumbra donde dos hombres conversaban apenas levantando la voz. El más aguerrido la apartó de un puntapié.

    —El viejo se muere —dijo el otro, perilla de chivo y anteojos haciendo equilibrios sobre la nariz— Un día lo admiré, luego lo odié y ahora no puedo más que apiadarme.

    —No hay tan triste final como consumirse de pena —respondió el primero, torciendo el gesto bajo el poblado mostacho.

    —Ni injusticia mayor que la vida misma.

domingo, 12 de abril de 2026

El mar en su mirada

    Hay días que se deshacen anegados en tristeza, y este catorce de abril es uno de ellos. Incluso el cielo, que amaga con dejar caer el orballo tan típico de estas tierras, parece querer sumarse al duelo. Procesionan los coches hacia la iglesia de la Inmaculada, apodada de los Picos por su techo en forma de estrella, y los féretros se trasvasan desde los vehículos al interior del templo; rostros compungidos, algún que otro llanto y tanta inocencia truncada que hasta duele el alma. Hay días que amanecen con la promesa de ser olvidados, pero este sábado negro quedará, ya para siempre, en el recuerdo imperecedero de una ciudad.

lunes, 9 de febrero de 2026

El destino juega con dados de oro

Madrid, 1613

Unos pasos resonaban en la estrechez del callejón del Codo, con desigual cadencia por causa de la cojera del individuo. En su faz titilaba una sonrisilla traviesa, como si, excusado por las sombras de la noche, se le otorgase el placet para acometer la acción más abyecta. Se detuvo frente a una pared poco iluminada que olía a orines, y ajustose los anteojos. En aquel rincón que cada madrugada hacía las veces de letrina, alguien había plantado un crucifijo con la ilusoria esperanza de que la invocación de lo sagrado hiciera desistir a los incívicos que se desahogaban sin miramientos. Ante la ausencia de resultados, un postrer letrero insistía en el reproche:

domingo, 11 de enero de 2026

Las campanas de Notre Dame

    La ciudad parecía una miniatura esculpida en  piedra por cuyas calles deambulaban la prisa y la rutina. Las gárgolas semejaban reírse de las multitudes.  Atronaron las campanas sobre dos jóvenes que contemplaban el horizonte, aupados a una de las torres de Notre Dame.

—¡No se como puedes dormir con este ruido!

—La costumbre.

—Ahora que hemos acabado con el malvado juez Frollo, puedes buscarte una morada más apropiada.