Una rata huidiza deambulaba entre las mesas de la taberna del Turco. Se acercó a un rincón en penumbra donde dos hombres conversaban apenas levantando la voz. El más aguerrido la apartó de un puntapié.
—El viejo se muere —dijo el otro, perilla de chivo y anteojos haciendo equilibrios sobre la nariz— Un día lo admiré, luego lo odié y ahora no puedo más que apiadarme.
—No hay tan triste final como consumirse de pena —respondió el primero, torciendo el gesto bajo el poblado mostacho.
—Ni injusticia mayor que la vida misma.
