viernes, 2 de noviembre de 2018

Ave María

Suena una voz apocada, parapetada tras una rendija, apenas un hilo acunando el silencio que a esa hora se adueña de todo. Musita las palabras como si le costase pronunciarlas, tal vez con vergüenza, quizás incluso con culpa. Él la esperaba y allí está de nuevo, como cada semana.

¿Otra vez? 

El Padre Damián trata de animarla a hablar, el tono es conciliador, pareciera que aquella alma atormentada no tuviese más apoyo que el suyo. No hay reproche en sus palabras, tan sólo una invitación al desahogo.

Otra vez, Padre.

Te escucho.

Silencio. Son pocos quienes visitan el templo a esa hora temprana. Algunos pasos se dejan oír ocasionalmente en la lejanía. El crepitar de los cirios disipa la incomodidad de la pausa que precede a la tormenta, al tiempo que dispersa un olor puro que los envuelve.

Cada vez que lo veo, parece que todo se parase. Cuando me habla, no puedo evitar que el corazón se me acelere. Luego… ya lo hemos hablado más veces, Padre… un calor incontrolable me sube por las entrañas, y lo pienso, nos pienso a los dos juntos, y entonces ya no hay mesura, todo se descontrola en mi cabeza y… ya sabe… 

Comprendo, hija, no son necesarias más aclaraciones. El noveno mandamiento.

Si, Padre. El noveno… —le tiemblan las palabras— y en la soledad… el sexto.

¿También?— tiene que tragar saliva.

Si— su voz asiente avergonzada.

El Padre Damián aprieta los dedos entrelazados, el sudor le empapa las manos. Agradece que una tabla de madera lo separe de un rostro que sólo imagina, de lo contrario a buen seguro ella apreciaría el temblor que lo posee. Hace un par de meses que la escena se repite cada miércoles. Al principio sólo era una oveja descarriada entre un rebaño de cientos, ahora ya no sabe que pensar. Le gustaría templar su espíritu con fuego, si eso lo librase de los sentimientos que traicionan todo aquello en lo que cree.

La condición humana es débil, y el Altísimo sabe de ello. Él debe ser tu aliento y quien te de fuerzas para huir de la tentación. Has de perseverar y alejar de tu mente esos pensamientos impuros que tanto daño hacen a tu alma.

Lo sé, Padre. Trato de ser una buena cristiana, pero esto es superior a mí… Y además…

¿Quieres confesar alguna otra cosa?— el sacerdote se pone en guardia.

Él es un hombre casado, Padre.

Eso lo hace aún más grave, hija mía. Debes alejarlo de tu mente— insiste.

Lo intento. De veras que sí.

El sacerdote adivina en sus palabras el sonrojo que sin duda la domina. Tres padrenuestros y seis avemarías constituyen la penitencia que descargará su culpa. No ha querido ser demasiado severo, sus tribulaciones son ya suficiente castigo. Musita una absolución que casi suena como un grito en la quietud del templo. Se le aceleran las pulsaciones mientras dibuja una cruz al aire. Duda, pero sabe que no podrá vencer la tentación, esta vez no. Las tablas del confesionario crujen cuando ella se levanta. La mano del Padre aparta, temblorosa, la tela encarnada que tapa el frontal del receptáculo y sus ojos se asoman al exterior. Entonces la ve por primera vez.

Es muy delgada, más bien alta, su cabello largo y negro le enmarca el rostro como una cofia aterciopelada. Tiene una expresión triste, parece arrastrar en la mirada el peso de toda una vida. Camina hasta un banco y se arrodilla, se mueve con armonía, sin aspavientos, con la misma dulzura que emana de su voz. Sus labios susurran, sin saberse observada, las oraciones que han de aliviarle el alma. El Padre le calcula unos cuarenta, aunque conserva la figura como una jovencita que se resiste a dejar pasar el tiempo. Diez años más que él. 

*****

La misa de las siete ya no es lo que era antes. Desde que conoce su rostro la ve sentada todas las tardes en un banco, solitaria, con la cabeza sumisa viendo al suelo. Es la viva imagen de la piedad. La rutina del Oficio transcurre ahora como una ceremonia ajena a él, su distracción es otra. Intenta concentrarse pero la mirada se le enzarza una y otra vez en la misma esquina. Se siente culpable y al mismo tiempo su día a día tiene ahora un objetivo, media hora en la que el tiempo se disipa. Ruega a Dios que la aleje, que aparte de él ese cáliz amargo, que en su infinita misericordia le devuelva la cordura. Y al mismo tiempo se pregunta cómo podía soportar antes la existencia.

Los fieles se levantan al unísono, como un resorte. Caminan por el pasillo, se acercan, parecen escrutarlo echándole en cara su falta de disciplina. Está seguro que se le nota en el rostro. Mas uno a uno toman la comunión y se alejan, dejándolo de nuevo a solas con sus miedos. Tantos fieles bajo su cobijo, y tan grande la soledad que lo atenaza. A ninguno de ellos podría hablarles de cuanto le preocupa. A veces siente el impulso de hacerlo con el superior de la Congregación o con alguno de sus compañeros sacerdotes, pero al final siempre desiste. Seguramente, eso supondría perderla. ¿Perderla? Sabe que nunca la ha tenido, y que así seguirá siendo.

La ve, como todas las tardes, avanzando hacia él. Al Padre le tiemblan las piernas. Trata de apartar la vista, lo consigue hasta que la tiene en frente. Deposita la Sagrada Forma en su interior, sus dedos le rozan, se convence que accidentalmente, el labio inferior. Le queman las entrañas, que ironía, el mismo pecado del que ella se inculpa cada semana. La mujer ni lo mira, baja los ojos y da media vuelta, ensimismada en sus propios pensamientos. Siente celos de su Dios.

*****

El otoño es crudo a veces, igual que la vida misma. Hace frío esa mañana y la gente camina por las aceras embutida en sus ropas de abrigo. La ciudad semeja un enjambre de miles de personas que se desconocen entre sí, un bloque de hormigón y asfalto superpoblado, ahogado en su propia soledad. El Padre Damián avanza con prisa, ha de acudir a impartir la comunión a una anciana que no puede valerse por sí misma, y se le hace tarde. No sale mucho, la vida religiosa no permite disfrutar de tiempo libre, pero agradece el poder caminar a su antojo de vez en cuando, mezclarse con las multitudes, rememorar los años en los que era un muchacho sin rumbo hasta que la vocación acudió a rescatarlo. Ahora más que nunca, le parece volver a ser el mismo de antaño. Entonces sus ojos se fijan en alguien allá adelante.

Es ella, la casualidad ha querido que se crucen esa mañana. El sacerdote casi se tropieza con un transeúnte, que murmura una maldición. Instintivamente se sube las solapas, el negro alzacuellos desaparece bajo el gabán. La mujer camina absorta, lleva un abrigo gris y unas medias oscuras sobresalen por debajo. Se entretiene mirando los comercios, los motivos navideños ya adornan las tiendas. Nadie parece reparar en ella, nadie salvo él.

Pasa a su lado sin que se percate. Está mirando un escaparate donde se exhibe un vestido rojo de una pieza, no ha de ser barato, aunque el sacerdote no entiende mucho de esas cosas. Se imagina a su lado, tomándola del brazo, ella sonriéndole.

¿Te gusta?

Sí.

Te quedaría bien.

Le quedaría bien a cualquiera.

No, a cualquiera no.

Vuelve a la realidad cuando ella comienza a caminar de nuevo y se aleja perdiéndose entre la gente. El Padre Damián se la queda mirando por unos segundos. A su lado pasa un adolescente que lo observa con una mueca burlona.

*****

Esa tarde el Padre Damián mata las horas haciendo como que lee, pero le es imposible concentrarse. Le invade una extraña placidez, mezclada con un frustrante sentimiento de culpa. No sabe si ha hecho bien, lo que es indudable es que no ha hecho lo que debía. Pero ya no hay vuelta atrás, mejor así, las cosas no suceden cuando se piensan demasiado.

Esa tarde suena el timbre de un piso céntrico. Una mujer delgada y de cabello negro acude a la puerta. El mensajero le entrega un paquete, ella se sorprende. ¿Qué podrá ser? Ya ha perdido la costumbre de ilusionarse. Entra en la vivienda con la curiosidad azuzándole el paso. Deposita la caja sobre el sofá y la abre.

El Padre Esteban, el Superior, le había reprochado haber llegado tarde esa mañana a casa de la anciana feligresa. ¿Cómo se habría enterado? En todas partes parecía tener ojos. El Padre Damián tuvo que improvisar una excusa. Jamás podría contarle que había seguido a la mujer hasta su casa, que la había espiado a través del cristal del portal mientras introducía la llave en el buzón y que esperó a que se perdiese escaleras arriba para curiosear a que piso correspondía. Seguramente el Padre Esteban terminará por darse cuenta que faltan trescientos euros de la caja, pero también ha maquinado una excusa para ello. Y en todo caso, el riesgo bien ha merecido la pena.

Esa tarde, en un viejo y céntrico piso, una mujer desembala con manos temblorosas un envoltorio entre papeles de seda. En sus dedos sostiene un vestido rojo. Acompañan al presente el ticket regalo y una nota anónima: espero que sea tu talla. Ella sonríe, feliz.

*****

Miércoles por la mañana, temprano. Se lamentan las tablas del confesionario. Suena una voz apocada, parapetada tras una rendija, apenas un hilo acunando el silencio que a esa hora se adueña de todo. 

Padre.

Te escucho, hija.

Tengo que agradecerle sus consejos, me han ayudado mucho.

Me complace que vayas encontrando el camino.

He decidido ponerle fin a todo esto. Ha ocurrido algo.

Espero que para mejor.

Él me ha dado una señal. Y he decidido seguirla.

¿Él, te refieres al Señor?

No, Padre, me refiero al causante de mi desasosiego.

Pero…— el Padre Damián palidece.

Sí, sé que quizás no es lo más correcto, que el mandato de Dios no permite romper una institución sagrada. Pero estoy decidida.

No… no es eso lo que te he aconsejado— el sacerdote siente como algo se le quiebra muy adentro.

No se preocupe, Padre, no es culpa suya. Es mi decisión y la asumo. Sólo quería agradecerle su paciencia por última vez.

Al Padre Damián se le hace un nudo en la garganta, no recuerda haber llorado nunca, pero ahora una lágrima le resbala por la mejilla. Quizás es mejor así, se dice, quizás el destino haya decidido volver a poner las cosas en su sitio. Tal vez el Dios al que tantas veces ha implorado por la liberación de esa carga insoportable haya escuchado sus plegarias, impulsándolo a actuar sellando sin saberlo su propio futuro. Los caminos del Señor son inescrutables y a veces, también, terriblemente crueles. Después de todo, piensa en un intento vano por encontrar consuelo, él es un hombre casado, casado con Dios.

Se lamentan de nuevo las viejas tablas del confesionario. Un hombre derrotado se traga su orgullo al tiempo que maldice su sino. La tela del frontal se descorre. Una mujer con un vestido rojo se asoma. Levanta la vista y sonríe. Tiene un brillo extraño en la mirada.

20 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, Jorge. Qué bien has expresado las dudas, la tortura interior de este sacerdote que ya en la edad madura seguro que ha perdido muchas de las ilusiones de la juventud. Me gusta cómo vive sus sentimientos en soledad, la culpa de ese amor prohibido avivado por la confesión semanal. Muy buen relato y muy bien escrito. Nunca decepcionas, Jorge. Un beso y felicidades

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    1. Gracias Ana! como siempre, o casi siempre, la primera en comentar, te agradezco tu fidelidad a mi blog. Me has hecho ver un error imperdonable que he cometido y del que no me di cuenta hasta leer tu comentario, cuando hablas del "hombre maduro". En realidad yo lo había concebido como más joven que ella, como un hombre todavía en plenitud de facultades físicas y con el deseo reprimido a flor de piel, pero por error donde debía poner "diez años más que él" puse "diez años menos que él" y me quedé tan ancho. El punto de vista de la historia cambia completamente con ese lapsus de 20 años que he añadido de más a la edad del sacerdote. Siento que lo hayas leído así por error mío, ya te digo que desde mi punto de vista la historia no es la misma. Aún así, como siempre, has sido generosa con tu análisis y comentario. Espero estar ahora por aquí más a menudo, en cuanto pueda paso a leeros, que seguro que me he perdido muchas y muy buenas cosas. Un beso.

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  2. El giro del final aclara el malentendido que crece a lo largo del relato: él era el hombre "casado".
    Para alguien con una vocación verdadera debe ser doloroso y desgarrante enamorarse y lo que no está permitido cobra una mayor magnitud, porque lo deja entre la espada y la pared.
    Lo narrás con un ritmo sostenido que no decae en ningún momento. ¡Muy bueno, Jorge! Me alegra que hayas vuelto a publicar.
    Un abrazo.

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    1. Hola Mirella! efectivamente el hombre casado era el sacerdote, me pareció muy obvio que el lector pudiera pensar que el objeto de deseo de la mujer era él, así que introduje lo del hombre casado para alejar esa idea, siempre procurando no hacer trampas pues efectivamente de un sacerdote se puede decir y se dice que esta casado con Dios. Gracias por comentar, espero poder pasar pronto a visitarte. Un abrazo!

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  3. He leído muchos relatos tuyos, Jorge. Este es uno de los que yo calificaría como impecable. La trama va y viene de modo tal que cuando uno lo lee no advierte las señales sino en el momento indicado en el cual el narrador las señala: una cualidad tuya en el manejo del suspenso. Las ideas que vas desplegando en el desarrollo son únicas (no sobra ni falta ninguna) y siguen una ilación tan delicada que uno no nota ningún escalón en la narración. Y los diálogos, qué decir, que moldean a la perfección a los personajes y a la historia: otra cualidad tuya que siempre se destaca. En definitiva, Jorge, que es un relato magnífico para leer y para valorar el talento que tienes como escritor. De veras te lo digo.
    Un abrazo.
    Ariel

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    1. Gracias Ariel. Pensar que información se da al lector y cuando, es seguramente una de las muchas claves de cualquier historia, no se si lo manejo con mayor o menor acierto pero si es cierto que pongo empeño en ello. Los diálogos son otro aspecto que me gusta trabajar, incluso en relatos cortos, pues ofrecen mucha información al lector acerca de los personajes y de la propia trama que de otra manera sería farragoso contar. Como siempre analizas con profundidad los textos, sin duda reflejo también de tu capacidad como escritor. Un abrazo!

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  4. Me alegro mucho de volver a leerte Jorge. Sobre todo porque este relato bien merece ser tomado con las ganas de quién hace tiempo que no disfruta de tus letras, porque deja patente de nuevo (no lo digo yo solo) el talento del que haces gala. No solo la trama y el ritmo, en perfecto equilibrio, sino esa prosa tan cuidada en el detalle, hacen las delicias de cualquiera... Me ha parecido escuchar el lamento de las tablas del confesionario. ¡Que imagen más buena! El giro final es impecable. Caperucita se ha comido al lobo... Bueno, en este caso, al "pastor", ja ja. Pura tentación, no cabe duda. Yo también creo que la edad cambia el punto de vista. En mi opinión, le da verosimilitud, aunque pueda parecer lo contrario, el hecho de que el sacerdote sea más joven. Además, un erotismo palpable sin una sola palabra explícita. Buenísimo. Me ha gustado mucho, compañero. Mi más sincera enhorabuena.Un fuerte abrazo

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    1. Ya sabrás por experiencia, Isidoro, que para los que escribimos el final de un relato suele ser bastante evidente, y en despistaros a vosotros respecto al mismo reside parte del esfuerzo de la construcción del relato. Si el giro final te ha parecido inesperado me alegro por ello, a priori era seguramente la primera posibilidad pero he intentado ir dejando elementos para despistar en ese sentido. Respecto a la edad, efectivamente que el sacerdote sea todavía un hombre joven con el deseo todavía presente en su cuerpo y mente, aunque cohartado por su condición religiosa, es a mi modo de ver clave para entender la historia y al personaje. Me alegra que te haya gustado y me alegro también de volver a verte por aquí. Tengo varias cosas tuyas pendientes, espero ponerme al día cuanto antes. Un abrazo.

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  5. Hola, Jorge.
    Me alegra volver a leerte.
    El relato me parece precioso, me ha gustado mucho como lo has ido desarrollando y dándonos información a poquitos, para que fuera el lector el que fuera desmenuzando y creando la historia, con las expectativas de ese final; que no cierra una puerta sino todo lo contrario. Es muy tierno a la vez que complicado esa variante de sentimientos encontrados, pero el amor bien merece esa renuncia.
    Un abrazo, y feliz regreso.

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    1. Hola Irene, me alegra que el relato te haya inspirado ternura, era una de las ideas al escribirlo, intentar adentrarme en la mente torturada del sacerdote, mostrar su soledad y su necesidad de amar, la misma soledad y vacío que la persigue a ella. Después de todo, todos tenemos el impulso de completarnos con otra alma gemela y eso no se puede hacer desaparecer sin más por una renuncia autoimpuesta (o impuesta sin más). Gracias por tu lectura. Un abrazo.

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  6. Me alegro leer de nuevo uno de tus relatos, Jorge. Dudas, pasiones, remordimientos y caídas en la tentación. Me lo he leído un par de veces, cada una con una edad diferente para nuestro Padre Damián, disfrutando de la diferencia producida por esos 20 años de diferencia. Y ese lamento de las tablas... ¡Qué imagen más bella!
    En fin. Mi enhorabuena por este retorno. Un abrazo.

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    1. jeje la edad del sacerdote siempre fue 10 años menor que la de la mujer, los 10 por encima fue un lapsus imperdonable. A mi modo de ver en el segundo caso la historia perdería bastante. Gracias por tu visita, me alegra verte de nuevo por aquí, Bruno. Un abrazo.

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  7. Bueno, como siempre! Echaba de menos tus relatos y aunque reconozco que esperaba ese giro casi desde el principio, la forma de llegar hasta él me ha encantado. Disfruto de los sonidos de tus historias casi tanto como de sus silencios.
    Un abrazo.

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    1. Hola David! el giro final era, supongo, previsible desde el propio planteamiento de la trama. De ahí que haya que intentar despistar al lector introduciendo el elemento del hombre casado. Aquí ya juega por un lado el hecho de que quien lee esté atento a todos los detalles y por otra parte, que siendo así muerda el anzuelo. Gracias por tu visita y comentario. Un abrazo!

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  8. ¡Fantástico relato, Jorge! Como diría Gardel veinte años no son nada y te aseguro que no se resiente en nada la tremenda empatía que consigues entre el lector y el pobre cura. Lo sentimos muy cerca, tanto que cuando parece que la ha perdido sentimos su pesar y el escaso consuelo que significa casarse con Dios. Una pena solo equiparable al alivio y alegría al ver esa cortinilla abriéndose.
    Conseguir esa cercanía es lo esencial en narrativa y lo has logrado con creces. Un abrazo!!

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    1. Muchas gracias David! Es cierto eso que comentas, conseguir que quien lee se sienta identificado con los personajes, que sienta algo junto con ellos, es muy importante a la hora de generar interés. He querido adentrarme en los sentimientos del sacerdote y tratar de transmitirlos hacia afuera. Muchas gracias por tu visita David, un abrazo!

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  9. Muy bueno Jorge has conseguido que empatice con el sacerdote y no sabes la alegría que me ha dado como dice David Rubio cuando se ha abierto la cortinilla, jajaja.
    Espero que se olvide de sermones y lo pasen bien.
    Besos

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    1. Yo también lo espero Conxita, aunque una vez abierta la cortinilla les he perdido la pista a los dos para dejarles un poco de intimidad. Gracias por tu visita Conxita, besos!

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  10. ¡Hola Jorge! ¡Cuánto tiempo compañero!, bueno... por aquí estamos los dos de nuevo. Te comento tu “Ave María”, ¡buen título!
    Leyéndote, al principio me vino a la cabeza “La Regenta” y la comparación con Ana Ozores y el regental Fermín, pero no, lo único que tiene en común es la infidelidad y que el enamorado también es sacerdote.
    Buen tratamiento el de las “almas atormentadas” de ambos, los remordimientos, la obsesión, las palabras, vocablos y giros que has utilizado para ambientar el relato en un entorno casi "místico", el in crescendo con que ambos van incrementado la aventura amorosa sin que resulte demasiado explícita.

    Sobre los “como si...” y los “comos” en general, creo que se podrían evitar un par de ellos, por lo demás Jorge, un relato bien engarzado en un ámbito íntimo y religioso (el confesionario, la iglesia, los cirios, elsacerdocio...), con una vuelta de tuerca al final que da un giro inesperado e ingenioso a la historia.

    Sin que sea necesario que lo expliques, (y no solo por el vestido del dibujo), a mi parecer el relato está ambientado en otro tiempo pasado, donde el peso de la religión era determinante en la moral de los hombres, (aunque más permisivos con ellos), a las mujeres infiel se las juzgaban con más dureza que a ellos.

    En definitiva, un buen trabajo tal como nos tienes acostumbrados a tus lectores.

    Un besazo Jorge y me alegra un montonazo tu vuelta.

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    1. Hola Isabel! la verdad es que no pensé en ninguna época para ambientar el relato, simplemente lo hice girar alrededor de los dos personajes, supongo que podría haber transcurrido de igual forma en cualquier época no demasiado lejana. Sobre los "como si" y los "como", pues tienes razón, no hay mejores ojos que los que no son los propios para ver esas cosas. Supongo que la precipitación por publicar no me dejó esperar un tiempo prudencial para darme cuenta de esas cosas, agradecido por la corrección.
      Nos leemos Isabel, a ver si poco a poco ambos vamos retomando el ritmo de publicación. Abrazos!

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