lunes, 25 de junio de 2018

Y comieron perdices

Todos los animalitos vivían felices y despreocupados en el país de Bombonlandia. 

Ardillas trepadoras, serpientes de cascabel y gatos descascabelados, golondrinas de austero frac y gaviotas pandilleras, perros, lobos, perros lobos, leones con densa melena y hienas de risa floja, ciervos, ginetas, urogallos, halcones de ojo avizor y palomas de la paz con ramo de olivo en pico, vacas, ovejas y gacelas saltarinas… compartían sueños y rutina en una tierra generosa. Todos tenían sus ocupaciones, se ganaban el sustento honradamente con el sudor de su frente y a cambio disfrutaban de ciertos momentos de asueto en los que relajarse y practicar su afición favorita. Y es que los animales que poblaban Bombonlandia tenían una adicción común, un pequeño e inofensivo pecado al que se entregaban sin excepción en sus ratos de ocio. ¡A todos les encantaban los bombones!

Nadie sabe a ciencia cierta cómo empezó tan singular inquietud, pues su recuerdo se remonta a la noche de los tiempos, pero cada cual hasta donde se lo permitiese su capacidad adquisitiva sucumbía al sabroso encanto de esos dulces centenarios. Bien es cierto que con el tiempo algunos animales tomaron por costumbre agenciarse más bombones de los que les correspondían, o dicho de un modo más claro, los robaban. Esto enfadó mucho a los Bombonlandienses, pues los bombones que unos cogían de más eran bombones que otros comían de menos. Así que quien era sorprendido con las manos en la masa recibía un ejemplar castigo, tras el cual los demás animalitos podían seguir comiendo dulces con la satisfacción de que se había hecho justicia. 

domingo, 20 de mayo de 2018

Hasta siempre, soledad

Encontré aquel lugar en Barcelona de casualidad.

La plaza forma un cuadrado delimitado por la iglesia de un viejo monasterio barroco y  varias fachadas renacentistas. Hay en su centro una fuente octogonal labrada en piedra con un surtidor en medio, junto a la fuente un árbol espigado y a su vera, la soledad.

No es una visitante ocasional que aparece y desaparece a su antojo. Ella forma parte del entorno, como los vetustos adoquines que tapizan el suelo o el rosetón que emulando un ojo omnipotente todo lo observa desde la fachada de la iglesia. Ella vive allí y sin su presencia la plaza no sería la misma.

Me hallaba en la ciudad por trabajo y a la noche me gustaba salir a pasear hacia el barrio Gótico. Deambulando sin un rumbo fijo el lugar se me apareció como por ensalmo. Tiene tan sólo dos entradas, la primera llegando desde un callejón estrecho y oscuro junto a la Catedral tras pasar bajo un arco entre dos casas, y otra en el extremo opuesto hacia el corazón del casco histórico. Desde entonces tenía por costumbre parar allí antes de ir a dormir. Supongo que nunca he sabido muy bien cómo encontrarme conmigo mismo.

sábado, 12 de mayo de 2018

La vida en el espejo

Fue una velada divertida a pesar de todo, Marta tenía que reconocerlo.

Al comenzar el curso habían alquilado la pequeña casa cercana al Campus. La encontraron por un precio módico y les pareció más cómodo que irse a un piso en la ciudad.

Noche de viernes junto a sus compañeras de estudios, Esther e Iria. Habían acudido también los novios de ambas, Jose y Marcelo. Ideal para olvidar la dura época de exámenes, le dijeron. Cena rápida con unas pizzas que habían encargado por teléfono, El sexto sentido en el televisor y para terminar, la sesión de ouija que sus amigos se habían empeñado en realizar a pesar de los reparos iniciales de Marta.

¿Ves como no ha ocurrido nada, boba? —le recriminara Iria mientras daba cuenta de la pizza que había sobrado.

A lo mejor tenía miedo de que un espíritu se escapase del vaso, ¡Uhhhh…! —se burló Jose.

martes, 1 de mayo de 2018

Al final del arcoiris

Tenía doce años y no pocas ilusiones. Todos los días caminaba dos kilómetros hasta la escuela y otros tantos a la vuelta. Parte del trayecto me acompañaba Jenny, una niña un año mayor que yo. Jenny era diferente a cualquier otra chica, de hecho no tenía que ver con la idea que alguien pudiera hacerse de una niña de su edad. En cierta ocasión se enfrentó a un grupo de muchachos que no dejaban de acosar a una amiga y el líder se llevó tal golpe que tuvieron que coserle la ceja. A Jenny le costó un labio abierto y una semana de expulsión, pero jamás nadie se atrevió a encararse con ella. 

¿Nunca te has preguntado qué hay al final del arcoiris? —me miró torciendo el gesto, como si la hubiera interrogado de la forma más ingenua.

Me crié en tierras de extensas llanuras cubiertas de cultivos e interminables pastos. Mi familia era pobre, había nacido el cuarto de cinco hermanos y vivíamos en una cabaña en medio del campo, algo alejados del pueblo más cercano. Una exangüe carretera cruzaba el llano, apenas transitada por algún coche de manera intermitente. Ha pasado el tiempo pero ese recuerdo permanece anclado en mi memoria. Los paisajes y colores que nos acompañan en la infancia tienen la magia de confundirse con nuestra esencia. Y aquellos fueron los míos.

viernes, 23 de marzo de 2018

El emisario del Rey

Fue un mes de diciembre del año del Señor de mil quinientos veintitrés y juro que lo que os cuento, tal así ocurrió.

Ejercía por aquel entonces como Correo Real y se me encargó llevar una misiva urgente desde la Capital hasta la ciudad de Valladolid. Sucedió que al poco de partir sobrevino una descomunal ventisca, siéndome imposible continuar la marcha entre la nieve. En mitad de la llanura castellana alcancé a divisar los muros de una edificación y hacia allí me dirigí con la intención de solicitar resguardo. Golpeé la aldaba hasta que alguien descorrió la mirilla, volviéndola a cerrar de inmediato. Transcurrió un buen tiempo antes de que debido a mis voces, abriesen de nuevo.

Este es un convento de monjas. Marchaos.

No hay lugar en estas tierras que no esté bajo jurisdicción Real —dije mostrando mis credenciales — abrid pues, y dadme el cobijo que cristianamente debéis al caminante.

sábado, 17 de marzo de 2018

El Incidente Cooper. Capítulo VII: Rosas para Emma

Era en la mañana temprano cuando sonó el timbre. El coronel James Kaufman acudió sin prisas. Se había vestido con un traje de Armani en gris oscuro, camisa beige y corbata. La sobriedad de las prendas y sus tonos apagados resaltaban su porte atlético y sus facciones angulosas. Llevaba el cabello, plateado prematuramente, recortado casi al cero a ambos lados de la cabeza y peinado hacia atrás. Todos los días desde hacía más de una semana repetía el mismo ritual en previsión de aquello que aguardaba. Y había llegado el momento.

Tan sólo él se encontraba en la casa. Había despedido al servicio y enviado a la familia a pasar unos días en la costa con la tía Gertrud, alegando que debía resolver unos asuntos de la máxima importancia y confidencialidad para los que necesitaba disponibilidad absoluta. Descorrió la cerradura tomándose su tiempo, con el pulso acelerado. En el umbral apareció, tal como esperaba, un rostro conocido. 

El tiempo y las adversidades habían hecho mella en ella. Mostraba las marcas del paso de los años y el pelo se le había tornado gris, evidenciando cierto descuido en su aspecto físico. Sin embargo vestía de manera elegante y un vahído a fragancia de jazmín fue de las primeras sensaciones que percibió el coronel.

miércoles, 14 de marzo de 2018

El Incidente Cooper. Capítulo VI: El ocaso de Aurora

Tres muertes de cinco integrantes de un equipo es razón más que suficiente para que se cancele un proyecto y Aurora no fue una excepción. El Alto Mando militar determinó que su continuidad suponía manejar fuerzas cuyo poder escapaba, en el estadio en que se encontraba la ciencia en ese momento, de los límites que el ser humano podía comprender y manejar con garantías.

Los dos supervivientes fuimos enclaustrados durante meses y sometidos a toda clase de interrogatorios y pruebas psicológicas. Una vez establecida la secuencia de los hechos, contra ninguno de nosotros se halló indicio alguno de criminalidad. Se me ofreció un destino apacible en un despacho, pero al poco tiempo solicité el paso a la reserva. Por aquellas fechas comenzaron a manifestarse también mis problemas psicológicos. La doctora Emma Adams tuvo aún menos suerte. A raíz de aquello se le diagnosticaron serias perturbaciones emocionales que no tardaron en derivar en un cuadro esquizofrénico y se hizo necesario su internamiento en un centro psiquiátrico.

viernes, 9 de marzo de 2018

El Incidente Cooper. Capítulo V: La vida y la muerte

Todo sucedió con rapidez. La sala quedó en silencio mientras aguardábamos sin saber el qué. Tan sólo se oía el aire silbando en nuestras gargantas. Las luces con que segundos antes nos habían obsequiado Aurora y Hades se habían transformado en negrura. El escaso brillo de los leds de emergencia apenas era suficiente. Cada uno de nosotros no era más que una sombra entre las sombras, una silueta aterradora paralizada por el miedo. Entonces oímos gritar a Bucket.

Su cuerpo se retorcía sobre los teclados como si soportase el dolor más intenso. Apenas tuvimos tiempo de reaccionar. Se levantó y permaneció erguido durante un lapso interminable. Después se abalanzó sobre el brigadier. El sonido de un disparo nos erizó la piel. Se escucharon gritos. 

Johanson cayó al suelo malherido al tiempo que Emma se acurrucaba junto a él presa de la histeria. Bucket forcejeó con Brown sin que éste pudiera apenas defenderse, trataba de ahogarlo con las dos manos aferradas a su cuello. Salté sobre ambos en un intento por separarlos. Pude contemplar de cerca sus ojos, un pozo de hondura interminable en el que no se apreciaba ningún atisbo de humanidad. Dirigió hacia mí las pupilas mientras un sonido indefinible salía de su garganta. Me apartó de un manotazo con una fuerza inesperada y fui a caer un par de metros más allá golpeándome la cabeza.

viernes, 2 de marzo de 2018

El Incidente Cooper. Capítulo IV: Diálogo desde el inframundo

El doctor Johanson sostenía un bolígrafo con el que no había dejado de tomar notas en un cuadernillo. Percibí en su movimiento oscilante que le temblaba el pulso. Por las mejillas de Bucket corrían sendos regueros de sudor y el rostro de Emma destilaba miedo. Tan sólo el brigadier parecía mantener la compostura, obligado tal vez por el mayor rango que ostentaba.

Por mi parte no estaba muy seguro del tipo de emociones que dejaba traslucir mi semblante. Llevábamos meses preparándonos para aquel momento pero ninguno hubiéramos sido capaces de suponer semejante deriva en el experimento. No era tanto el hecho de haber contactado con un muerto. Tampoco los temores demostrados por Cooper, algo que entraba dentro de lo posible, ni siquiera la incerteza de que pudiéramos enfrentarnos a una segunda e imprevista presencia. 

Era aquella voz, o el modo en la que Hades la reproducía, una voz que tenía la innata propiedad de desgarrar el más intenso de los terrores desde la profundidad del alma humana.

sábado, 24 de febrero de 2018

El Incidente Cooper. Capítulo III: Una ventana al más allá

A mi llegada a la mansión se me asignó un pequeño cuarto donde instalarme. Después de dejar mis cosas acudí de inmediato a ver al general. Se encontraban acompañándolo la doctora Emma Adams, una mujer de aspecto agradable que rondaría los cuarenta, y un joven técnico de nombre Andrew Morgan al que todos apodaban Bucket por la peculiar forma alargada de sus facciones. El sargento se encargaba del manejo de las dos estrellas tecnológicas del Proyecto, Aurora y Hades, de cuyas capacidades esperábamos grandes resultados.

Cooper se hallaba ya en fase terminal. Lo saludé pero fue incapaz de dirigirme la palabra, apenas era ya consciente de su entorno. El desenlace podría producirse de un momento a otro. Sus débiles constantes vitales eran continuamente monitorizadas y nuestros dos prodigios electrónicos se hallaban listos para ser operados en cuanto los médicos diesen el pistoletazo de salida. Nada más podía hacer allí y decidí ir a deshacer las maletas y entrevistarme con el brigadier Brown para ponerme al corriente del resto de detalles, dejando instrucciones precisas de que se me avisase si había algún cambio. Así transcurrió todo el día. Poco antes de las doce me fui a dormir, cansado como estaba del viaje y el ajetreo. Debían ser alrededor de las dos de la madrugada cuando me despertaron.