lunes, 12 de abril de 2021

Excelsior

   Todo era oscuridad. Se adueñó de mi cuerpo un dolor extremo. Una bocanada de aire me llenó los pulmones y tras varios intentos en los que mis sentidos no quisieron responder, conseguí incorporarme. Abrí los ojos, la estancia se teñía con una tenue luz azulada. Empecé a recordar al ver las cápsulas de hibernación de la tripulación esparcidas a mi alrededor. Todas estaban cerradas. Aquello solo podía significar una cosa, y no me gustaba.

Abandoné el camarote de hibernación de oficiales y entré en el de pasajeros. La visión fue la misma, decenas de cápsulas acristaladas en cuyo interior dormían cientos de almas, yo era el único ser despierto en aquella inmensa mole que viajaba por el espacio. O al menos, debería serlo. Caminé, tambaleándome por el efecto del prolongado sueño, hacia el Puente de Mando. La pantalla que daba acceso al ordenador central titilaba en rojo. Al teclear mis credenciales cambió a blanco y pude leer los mensajes:

lunes, 8 de marzo de 2021

Ayesha

      En mi cabeza no dejaba de retumbar la misma frase «Prohibido inmiscuirse en la Historia». Yo y cualquiera de los demás Guardianes del Tiempo lo observábamos a rajatabla. Hasta hoy.

 «Es sólo una cortesana sin importancia» repetía mientras rememoraba las noches ardientes en compañía de Ayesha. «Nadie se dará cuenta si hago un desvío en la actual misión». Había conseguido las claves de administración del ordenador de a bordo, borraría cualquier registro inculpatorio y mi amada viviría. Introduje las coordenadas. Año: 323 a.c. En mis bolsillos varios botes de pastillas de Hidroxicloroquina.

Le dije que ello la curaría las fiebres. Le dije cómo tomarlas. Insistí en que nadie más debía conocer la medicina. Partí con el deseo y la certeza de volver a amarla en pocos días.

martes, 15 de diciembre de 2020

Romasanta. Memorias de un Licántropo

Me llamo Manuel Blanco Romasanta. Y soy un hombre lobo.

Aunque resulte inverosímil, durante años fui víctima de una maldición que, en las noches de luna llena, me impulsaba a transformarme en semejante criatura y vagar por los montes Orensanos cerca de mi aldea natal de Rebordechao, en busca de comida y sangre fresca. Carne humana, claro está. Quien conozca los pormenores del posterior juicio sabrá que no andaba solo en mis correrías; otros dos desdichados participaban en la orgía de miembros desgarrados y vísceras, que devorábamos con ensañamiento.

Hambre, miseria, incultura… todo ello formaba parte de la Galicia rural de principios del XIX y, por qué no decirlo, del resto de este país por el que no siento apego alguno. Los monarcas pendencieros Fernando VII, llamado primero El Deseado y luego con mejor tino El Rey felón, junto con su descendiente La de los Tristes Destinos, Isabel II, ninfómana donde las haya, reinaron durante los funestos años de mis correrías. No me hubiera disgustado hincar el diente a cualquiera de ellos. Al menos sabría ahora, por fin, cual hubiera sido el sentido, el feliz sentido, de mi existencia.

viernes, 29 de mayo de 2020

Anelisse

El campamento élfico era una oda a lo peor de la guerra. Ya nadie recordaba cómo había comenzado, pero continuaba acrecentando sin mesura la inquina entre hombres y elfos. Junto a fogatas y quejumbrosos cuerpos heridos me conducían, prisionero y humillado, a un destino que en aquel momento estaba lejos de imaginar. Entré en una tienda decorada con mayor opulencia de la que cabría esperar y, para mi sorpresa, cortaron las ataduras dejándome solo.
Eleariel, reina de los elfos, no podía ser otra quien apareció tras la cortina. Su belleza era legendaria pero la leyenda empequeñecía ante la realidad. De rostro alargado, sus pupilas de un violeta amatista semejaban refulgir a la luz de las antorchas; mostraba una expresión triste, como si soportase el peso de todas las almas que se había llevado la maldita guerra. Se cubría con sedas que abrazaban su contorno, apenas suficientes para esconder la sensualidad que rezumaban sus formas. Aparentaba unos veinticinco, aunque ¿qué hombre es capaz de adivinar la verdadera edad de un elfo?

sábado, 16 de mayo de 2020

Néboa

Jamás podré olvidar aquel día de difuntos del 76. Había ido con mis amigos a tomar unas cervezas a la cantina de Santiso, distante unos tres quilómetros de la casa de mis padres en la aldea. Discutí con mi madre, supersticiosa como pocas, porque consideraba que en el día de los muertos no era adecuado estar de fiesta con la pandilla. Como buen adolescente rebelde, no le hice caso.
Se apagaban las últimas luces de la tarde cuando volvía caminando entre verdes prados solitarios. Además de mis propios pasos, oía tan solo el correr del agua de un regato junto a la vereda y el ulular intermitente de la curuxa.  Caía una niebla espesa que anegaba el valle y me incrustaba el frío en el cuerpo. Recordé lo que decían los viejos, nunca collas o camiño do muíño cando hai néboa. Pero el sendero del molino era el atajo más corto para llegar a casa y no me apetecía dar un rodeo. Ese fue mi segundo error.

domingo, 26 de abril de 2020

El fantasma de Katie Cook

Londres, 1879
Las sesiones que mi amigo David Archer organizaba en su mansión corrían en boca de la alta sociedad. Siempre fui escéptico en lo tocante al espiritismo, pero su prestigio académico y una creciente curiosidad consiguieron que aceptase su invitación para asistir a una de las apariciones de quien se hacía llamar Katie Cook. Fui imprudente, olvidé mi pasado. Ahora maldigo ese momento.
Aquel día plomizo de noviembre llegué al caer la tarde. Hice ademán de consultar la hora, pero recordé que había perdido el reloj de oro con mis iniciales grabadas. El del salón marcaba las ocho. Las siluetas de las treinta personas que lo llenaban se recortaron a la escasa luz de algunas velas. Al fondo se había dispuesto un cortinón tapando el espacio que hacía las veces de la habitual cabina, donde se ubicaba la médium y el ente tomaría forma corpórea. Poco después advertimos movimiento tras la tela.

viernes, 20 de marzo de 2020

La Señal

Llegó hace 35 años, faltaban 13 para que yo naciera. Marcó a toda una generación y terminaría por determinar mi vocación cuando era niña. El acontecimiento supuso un punto de inflexión en la historia de la raza humana, la primera prueba irrefutable de inteligencia extraterrestre.
La Señal se recibió en todas las estaciones del planeta capaces de rastrear ondas electromagnéticas procedentes del espacio. La secuencia inicial se repitió cíclicamente durante casi un mes, un intento por establecer un marco de comunicación que pudiera servir de base para el entendimiento entre las dos partes. No fue difícil descifrarla, las similitudes con nuestros estándares lingüísticos eran asombrosas. Después llegó la segunda secuencia.

miércoles, 26 de febrero de 2020

El valor de una vida


¿Cuánto vale una vida? Hace tiempo que intento responder esta pregunta y tan solo ahora creo haber encontrado la respuesta.
Me bautizaron Virginia. Mancillé ese nombre a los trece años en el desvencijado asiento de un seiscientos, entre caricias prestadas y sorbos de pasión y ginebra. Siempre viví deprisa, sentía demasiado vértigo como para detenerme a contemplar la existencia con la laxitud que envenena al común de los mortales. Pero no se puede correr eternamente.
Cierto espíritu inconformista y la influencia de un profesor de militancia bohemia consiguieron empujarme a estudiar periodismo. Fueron los años del amor libre y la crítica a un sistema que nos oprimía, el paso por la universidad me dio la oportunidad de rebelarme haciendo honor a las dos cosas. En poco tiempo obtuve también una licenciatura en carreras delante de los grises. No estaba hecha para pasar el día sentada en una oficina, y la sección de sucesos se me antojaba una gigantesca opereta para entretener a las masas, así que enseguida comencé a peregrinar por el mundo cargada con toneladas de inocencia y los ochocientos gramos de mi Canon F1.

jueves, 23 de enero de 2020

Star Guars


EN UNA GALAXIA MUY CERCANA, LOS

GOBERNANTES HAN PERDIDO EL NORTE

EMBARCÁNDOSE EN UNA COMPETICIÓN

 DONDE EL TAMAÑO SÍ IMPORTA. EL

DÍA SEÑALADO SE ACERCA, Y LOS

NERVIOS ESTÁN A FLOR DE PIEL

domingo, 8 de diciembre de 2019

Memorias de un tiempo convulso


Aquel viaje en tren no fue, no podía ser, como cualquier otro. Sí, contemplaba de nuevo el paisaje esplendoroso, los campos verdes en los que soñaba corretear sobre su hierba mullida y un cielo de agosto limpio de nubes, hiriente a la vista con su azul intenso. Al atardecer, el sol pintaba el horizonte de un encarnado arrogante, acertado símil de lo que acontecía no muy lejos de nosotros. Sin embargo tenía que pelear a cada instante por asomarme a una rendija o cualquier ventanuco de aquel mastodonte de hierro y madera que nos torturaba con su traqueteo interminable. El hacinamiento y el hedor a sudor y excrementos se habían convertido en rutina, y la sed, junto con el hambre, clamaban por el pronto final de aquel viaje tortuoso. Nunca perdí la esperanza, estaba convencida, lo sigo estando, de que al término de este camino nos aguarda la redención.