Madrid, 1613
Unos pasos resonaban en la estrechez del callejón del Codo, con desigual cadencia por causa de la cojera del individuo. En su faz titilaba una sonrisilla traviesa, como si, excusado por las sombras de la noche, se le otorgase el placet para acometer la acción más abyecta. Se detuvo frente a una pared poco iluminada que olía a orines, y ajustose los anteojos. En aquel rincón que cada madrugada hacía las veces de letrina, alguien había plantado un crucifijo con la ilusoria esperanza de que la invocación a lo sagrado hiciera desistir a los incívicos que se desahogaban sin miramientos. Ante la ausencia de resultados, un postrer letrero insistía en el reproche:












