martes, 4 de agosto de 2026

El pajarillo enjaulado

   Una rata huidiza deambulaba entre las mesas de la taberna del Turco. Se acercó a un rincón en penumbra donde dos hombres conversaban apenas levantando la voz. El más aguerrido la apartó de un puntapié.

    —El viejo se muere —dijo el otro, perilla de chivo y anteojos haciendo equilibrios sobre la nariz— Un día lo admiré, luego lo odié y ahora no puedo más que apiadarme.

    —No hay tan triste final como consumirse de pena —respondió el primero, torciendo el gesto bajo el poblado mostacho.

    —Ni injusticia mayor que la vida misma.

    —Supongo, don Francisco, que no me habéis hecho venir para llorar a un dramaturgo.

    —En cierto modo sí, Diego. ¿Os dice algo el nombre de Antonia Clara?

    —Alguna cosa ha llegado a mis oídos, ¿La hija desaparecida de Lope?

    —La muchacha se fugó con su galán por voluntad propia. ¡Envidio la pasión de los diecisiete! Era la niña predilecta del escritor.

    —Le auguro a la doncella un desengaño rápido.

    —Se dice que el pájaro ya se ha cansado de ella, pero aun así la mantiene retenida. Claro que, ¿dónde iba a ir tras semejante deshonra? Cristóbal Tenorio se llama —le tendió un pliego— Aquí tenéis información de como encontrar a la chica y a quién la debéis entregar tras rescatarla. La conducirán a casa, Dios quiera que a tiempo para despedir a su padre.

    Diego Alatriste tomó el papel, receloso.

    —Se os pagará bien.

    —No seré yo, amigo mío, quien desconfíe de don Francisco de Quevedo.


    La habitación se hallaba en penumbra, hasta que una muchacha de cabello bermejo entró portando una vela. Con aire descuidado depositó la luminaria sobre una mesa y liberó sus hombros de un manto ligero. De repente, una mano le cubrió la boca.

    —No gritéis, Clara. Soy vuestro aliado.

    El desconocido la liberó de su presa. La joven jadeaba, asustada.

    —Dadme un motivo para no hacerlo —protestó.

    —¿Lo sería rendir el último adiós a vuestro padre?

    Clara bajó la mirada, una lágrima huidiza pareció bailotear tras sus pupilas. Le temblaban las manos.

    —Para mi padre, estoy muerta —musitó.

    —Diría que a punto estáis de morir para otro.

    —¡Necio! Yo lo amo, y él…

    —No soy quién para enmendar vuestros errores. Cubríos, la noche es fresca.

    Clara intentó protestar, pero al momento unos pasos resonaron por la escalera presagiando la inminente llegada de compañía. Alatriste la estrechó contra sí y, sin vacilar, se arrojó con ella en brazos por la ventana.


    —¡Mentecato!

    Se hallaban en un establo sucio en el camino hacia Alcalá de Henares, tal como rezaban las instrucciones recibidas por parte de Quevedo.

    —¡Por todos los infiernos! Deduzco que ha sido un rescate arduo, capitán —el hombre que los esperaba esbozó una sonrisa condescendiente y le lanzó una bolsa que tintineó al caer.

    —Un espadachín herido. Demasiado fácil.

    —A veces es peor lidiar con una potranca.

    —¡Podíais haberme matado, majadero! —protestó de nuevo Clara.

    —Había un generoso fardo de paja bajo la ventana, señorita. No me acuséis si no sabéis caer con gracia.

    —¡Callad, bellaco, que vengo con las carnes abiertas!

    —Dispensadla —se carcajeó el otro— Es la hija de un maldito poeta.

    —Y es toda vuestra. Espero que alegre las horas de don Félix mejor que las mías.

    —A fe que lo hará —zanjó el mercenario— creedme.


    El habitual rincón de la taberna del Turco en el que Diego Alatriste recibía, a modo de despacho improvisado, a sus interlocutores, parecía estar más en penumbra que de costumbre.

    —¿Un rescate? —se sorprendió el capitán.

    —La nota llegó esta mañana a casa de Lope, junto con un mechón de cabello rojo.

    —¡Qué me decís!

    —Y os digo más, ¡nos han engañado, maldita sea! —el rostro de Francisco de Quevedo ardía en ira.

    —Así que he liberado a Clara para entregarla mansamente a sus secuestradores. Tiene arrestos, el cabrón.

    —Explicaos, Diego. Parecéis saber algo que desconozco.

    —Que no ha de pagarse rescate alguno, don Francisco. ¡Y juro que Lope verá a su hija antes de morir!


    Todo sucede más a escondidas bajo el manto silencioso de las sombras de la noche. En un oscuro callejón de Madrid dos hombres yacían sobre el suelo, malheridos. Un tercero, de nombre Cristóbal Tenorio, apoyaba la espalda contra una pared mientras el acero le apretaba el gaznate. Levantaba las manos solicitando rendición.

    —Volvemos a encontrarnos, don Cristóbal.

    —Debí mataros cuando pude.

    —Ahora no soy un soldado herido y desarmado. Decidme, ¿dónde está la moza?

    —¿Qué os hace pensar que lo sé? Buscadla, ya que sois hombre de recursos.

    —Demasiado fácil fue entrar en vuestra casa y más sencillo huir de ella. ¿Un espadachín inexperto era todo lo que teníais que oponer?

    —No os tomaba por necio, ¿por qué habría de organizar el secuestro de quien ya está en mi poder?

    —¿Lo estaba o lo está, Tenorio? Las palabras os traicionan. Quizá porque simular un rapto por un tercero os brinda la posibilidad de solicitar un rescate, toda vez que la joven ya no os era más que una carga. Doble beneficio.

    —¡Nunca podréis encontrarla! Matadme, si ello os place. No tardaréis en acompañarme al averno.

    Se hizo un silencio ambiguo, tras el que Diego Alatriste habló de nuevo.

    —No os concederé esa gracia. Solo anhelo de vuestra merced que responda una pregunta —el capitán señaló con desdén hacia el suelo— ¿por qué tenéis las suelas de los zapatos decoloradas?


    En una salita de la morada de Vega y Carpio, Quevedo y Alatriste aguardaban el desenlace. Flotaba en el ambiente ese poso de inevitable fatalidad que suele embargar a todo hombre ante lo que no es capaz de entender hasta sus últimas consecuencias.

    —Mercurio. Usado por curtidores para ablandar las pieles. Deja una huella imborrable en el calzado —se explicaba el capitán— Solo hube de buscar el taller más cercano a la ruta que desde hacía algunas noches Tenorio frecuentaba.

    El aire pesaba cual si fuese plomo.

    —Ha sido el más grande —dijo el cojo.

    —Con permiso del manco.

    —Y de mí mismo, perdóneseme la inmodestia.

    —No olvidemos al gran Góngora.

    —No me jodáis, Alatriste.

    —¿Y ahora qué?

    —Cuidad vuestras espaldas un tiempo. Las influencias que conservo deberían mantener a Tenorio a raya, pero por si acaso.

    —¿Sabéis una cosa, Quevedo? —bajo el mostacho de Diego Alatriste asomó una sonrisa maliciosa— ¡Qué genial era Góngora!


    Los latidos del reloj dejaron, por un eterno instante, de acompasarse a los segundos. Dos únicas personas ocupaban la pequeña estancia. Una tercera presencia, etérea, encapuchada y con una amenazante guadaña en la mano, observaba inmutable la escena.

    —¿Sois acaso un ángel?

    El moribundo miraba a la mujer que se arrodillaba junto a su cama, como si le costase comprender.

    —No, padre. Perdonadme, os lo ruego.

    —Ah, mi niña —entendió al fin— ¡Si supieras cuánto habría de perdonárseme! Vivir es errar. Sigue tu camino, Clara, y ve en paz.

    La joven quiso responder pero las palabras se le ahogaron en la garganta, dejando espacio solo para el llanto. Dos cuerpos se fundieron en uno solo. El uno moría y la otra, la otra también.



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