lunes, 19 de enero de 2015

El legado de Bernardino Buendía


Llevaba horas sentado en el frío salón de aquella casa ajena, con la sola compañía de un cadáver. Frente a mí el ataúd de madera de pino, flanqueado por dos velas de postín enchufadas a la oscilante corriente eléctrica. Dentro yacía inerte el cuerpo sin vida de Bernardino Buendía Pazos, en cuyo rostro había quedado esculpida por obra del inefable maestro Rigor Mortis la misma mueca de desprecio que no dejaba de exhibir en vida.

Durante toda la tarde y parte de la noche esperé a que alguien acudiera al velatorio, pero pensándolo bien no era tan extraño que me hubieran dejado en exclusiva la tarea de rezar por su penitente alma. Después de todo yo era su único amigo, suponiendo que pudiera utilizarse tal calificativo. Los de la funeraria habían terminado su trabajo poco después del mediodía, y yo me hice cargo de los gastos y de supervisar los preparativos. El viejo cascarrabias había muerto sin avisar, como tenía por costumbre hacer las cosas.

Atrás quedaban los tiempos en los que siendo niños forjamos nuestra amistad en el pequeño pueblo de Aguascalientes. Aunque él me llevaba varios años, congeniamos bien y nos convertimos en compañeros de correrías. A mí terminaron por enviarme a estudiar con los curas y aunque más tarde dejé el seminario el aprendizaje me sirvió para acabar ejerciendo como maestro del pueblo. A Bernardino la cruda posguerra lo llevó a emigrar a las Américas, donde según dicen algunos llegó a hacer fortuna. Lo cierto es que nunca realizó ostentación de abundancia. Pasada la cincuentena regresó al pueblo, reformó la antigua casona familiar y se dedicó a dejar transcurrir los días sin ninguna ocupación conocida.

Tenía un carácter huraño, por no decir hosco en toda su crudeza. Raro era el vecino con el que no se hubiera peleado en alguna ocasión. Dejó de frecuentar la iglesia cuando el cura, en un poco afortunado símil, comparó a los feligreses con un rebaño descarriado al que el Altísimo debía conducir de vuelta al redil. Desde entonces se sentaba los domingos en el atrio, apoyado sobre su cayado cubierto de muescas cual rifle de bandolero del antiguo oeste, y gritaba a todo el que pasaba “yo no soy como vosotros, borregos, que entráis en fila a que os esquilen la lana”. Tuvo más de un problema por causa de ese excéntrico pasatiempo, pero más que amilanarlo pareció redoblarse su mala saña. En otra ocasión discutió con el pedáneo por un asunto de lindes y terminó pegándole tal mamporro que tuvieron que darle cinco puntos y arreglarle el tabique de la nariz.

Se rumoreaba incluso que estaba detrás de la muerte de Serafín Vacamuerta, el “descosido”, apelativo que le habían dado las viejas pues, vistiese el pantalón que vistiese, siempre llevaba un hilo colgando de alguno de los bolsillos. Apareció una mañana de invierno tirado en un camino con una certera puñalada que le atravesó el corazón. Las malas lenguas decían que Bernardino se beneficiaba a su mujer, pero jamás pudo probarse nada ni de lo uno ni de lo otro. El caso es que la “bizca”, a la sazón mujer del “descosido”, había alumbrado un único vástago, que ni por su parecido físico ni por su vivaz desenvoltura hacía honor a ninguno de sus dos supuestos progenitores.

Su única actividad social se reducía a la Taberna de Albino, donde todas las tardes tras el almuerzo acudía con puntualidad británica a tomar su cuenca de vino y allí dejaba pasar las horas bebiendo hasta bien entrada la noche. A su favor hay que decir que nunca dejó de pagar la cuenta religiosamente. Gracias a ese alarde de facultades para las relaciones sociales y la pacífica convivencia, Bernardino Buendía Pazos se había ganado uno de sus merecidos motes: “Sacamantecas”. El otro apodo por el que también se le nombraba era el de “Seisdedos”, pues en su pie izquierdo lucía seis de estos apéndices. El viejo era peculiar incluso en esos nimios detalles.

Tras las horas de solitario velatorio mi estómago comenzaba a protestar, y me propuse tomar prestado algún tentempié de la alacena de Bernardino Buendía, convencido de que a él ya no le importaría en demasía. Me incorporé y mis doloridas rodillas soltaron un crujido. Por un momento mis ojos se posaron sobre el difunto, sus manos entrejuntadas sujetaban un rosario como si elevase al cielo una plegaria, ironías del destino, él que era el más irreverente de los creyentes. En el anular de su mano derecha llevaba puesto su inseparable anillo, era quizás la única señal ostentosa que el difunto se permitiera en vida.

Forjado en oro macizo, en su centro lucía una fulgurante gema roja. Debía valer un dineral, pero si la Diosa Fortuna había querido que arrastrase a la tumba esa joya no era yo quién para contradecirla. Salí al pasillo y dirigí mis pasos hacia la cocina. Las paredes eran de piedra, ennegrecidas por el humo del hogar cuyos rescoldos aún languidecían tibios bajo una inmensa olla. Tomé un vaso y lo llené del agua helada que manó del grifo, mi reflejo me hizo una mueca desde la ventana, con el trasfondo de una noche fría de invierno. El rostro surcado de arrugas y el cabello encanecido me recordaron que algún día mi cuerpo también descansaría en el interior acolchado de un ataúd. Fue entonces, absorto contemplando mi propia imagen, cuando escuché aquel sonido.

Parecía provenir del pasillo, o del salón tal vez. Al principio se me asemejó a un quejido, pero cuando lo oí por segunda vez sonó como si alguien tropezase con una banqueta. Dejé el vaso sobre una mesa y me interné a lo largo del corredor, la luz encendida en el salón proyectaba fantasmagóricas sombras allá al fondo. Me asomé y escruté con cuidado el interior. Todo parecía estar en su sitio. Caminé hacia el ataúd con paso firme, hasta que el rostro crispado de mi camarada se hizo completamente visible. Tuve la sensación de que había algo fuera de lugar, algo que no encajaba, y no tardé en darme cuenta por qué. ¡El anillo ya no estaba en la flácida mano del difunto!

El corazón comenzó a latirme tan deprisa que sentía el martilleo de la sangre en mis sienes. Parpadeé varias veces para asegurarme de no estar viviendo una pesadilla. Traté de ordenar mis pensamientos, alguien más tenía que estar en la casa. Salí de nuevo al pasillo y encendí la luz. La puerta que daba al exterior estaba arrimada, la había dejado abierta en previsión de que alguien quisiera entrar al velatorio. Nadie podía haber salido mientras yo estaba en el salón pues hubiera escuchado el sonido de los goznes oxidados. Me acerqué y terminé de cerrarla, corrí la cerradura y guardé la llave en uno de los bolsillos de mis pantalones. Comprobé con el alma en un puño el baño y un cuarto en el piso inferior, cerciorándome de que estaban vacíos, y me quedé plantado frente a la escalera que conducía a las habitaciones.

Cada uno de los escalones se me antojaron escarpadas montañas al poner el pie sobre ellos. Las estancias superiores estaban envueltas en penumbra, iluminadas tan sólo por los inermes haces de luz que la luna escupía a través de las ventanas. Tanteé las paredes en busca del interruptor hasta que el súbito resplandor hirió mis ojos. Mi mano asió un atizador arrimado contra un muro, haciéndome sentir un tanto más seguro. Todas las habitaciones del piso superior fueron desfilando una a una con idéntico resultado. No encontré ser viviente que pudiera haber hecho desparecer la valiosa joya. Empezaba a dudar incluso que el anillo no estuviese todavía ensartado en el dedo anular del difunto. Bajé de nuevo las escaleras sin saber muy bien si debía sentir alivio, cuando pasé bajo el dintel del salón la vista se me nubló y mis pulmones se negaron a respirar durante unos interminables segundos, ¡El cadáver había desaparecido!

Tuve que agarrarme a una silla para no caer desvanecido, todo comenzó a dar vueltas. Las piernas me temblaban amenazando con doblegarse en cualquier momento, ni en mis peores pesadillas hubiera podido recrear una situación más pavorosa. No tardaría en darme cuenta de lo equivocado que estaba, la luz se apagó de repente dejando la estancia sumida en una terrorífica oscuridad. Giré sobre los talones y me abalancé hacia la puerta entre jadeos ahogados. Mis pasos torpes me hicieron trastabillar y golpeé con la cabeza contra el marco. A duras penas me arrastré por el lúgubre pasillo hasta que mis manos asieron la cerradura como si fuesen las de un naufrago que agarra la tabla salvadora en mitad de una tormenta. Rebusqué en los bolsillos una llave que parecía haberse evaporado, la posibilidad de haberla perdido hizo correr un sudor frío por mis sienes. Tras lo que parecieron varias horas logré rescatarla y forcejeé otro precioso tiempo hasta conseguir introducirla en la cerradura. El giro de la llave provocó un sonido que retumbó en toda la casa.

Al fin el delicioso chirrido de los goznes regaló mis oídos, y entonces… entonces algo ocurrió en mi cabeza, las ideas fluyeron en milésimas de segundo, la racionalidad pugnaba por hacerse un hueco entre el terror y la desesperación, y sin pensarlo demasiado apoyé el peso contra la maciza puerta y ésta se cerró de nuevo. Corrí la cerradura y volví a guardar la llave. “Un muerto no va a doblegar a Leandro Barrientos, ¡carajo!” pensé con rabia. Por muy absurdo que pareciese tenía que haber una explicación para todo aquello. Me giré y permanecí erguido en silencio, mientras los ojos terminaban de acostumbrarseme a la oscuridad. El resto de mis sentidos trataba de percibir cualquier movimiento, cualquier sonido, cualquier susurro... apenas tuve tiempo de ver como a la izquierda una sombra se abalanzaba sobre mí. 

El impacto me tiró al suelo golpeándome contra las paredes. Unas manos tanteaban la negrura tratando de asirme el cuello, mientras sentía un aliento cálido que me quemaba el rostro entre jadeos. Intenté zafarme, con la angustia recorriéndome las venas, y pude entrever en la oscuridad las facciones de mi atacante. Por un momento me pareció que era el mismísimo Bernardino Buendía y tuve que luchar para que el terror no me venciera. No se de donde saqué las fuerzas, pero conseguí voltearme sobre la espalda y arrinconar aquella criatura de ultratumba contra el suelo. Lancé un puñetazo en la oscuridad, que golpeó entre medias un rostro sudoroso y las baldosas. Entonces un quejido que reflejaba tanto miedo como el que yo sentía rogó que me detuviese. Vacilé por un instante, confundido. Yo conocía aquella voz. ¡Se trataba de Agustín Vacamuerta, el hijo único de Serafín, el “descosido”!

****

Al comenzar aquel extraño día no hubiera ni por asomo imaginado que lo terminaría sentado frente a aquel muchacho espigado, sujetando en una mano una bolsa repleta de hielo que trataba de aliviar, con relativo éxito, el dolor de mi otra extremidad. El rapaz era delgado, de talla alrededor del metro ochenta, mirada vivaracha y cabello castaño peinado hacia un lado. Rondaría los diecisiete años. De vez en cuando se tocaba la cara allí donde lo había golpeado, zona en la que mostraba un ligero enrojecimiento. En cualquier caso mi mano había salido bastante peor parada de su encuentro con la cerámica. Nuestras miradas se cruzaron. La mía, sin duda con un rictus de mal disimulado enfado, clavada en su entrecejo; la del chico se desvió hacia el suelo evidenciando su vergüenza.

– Supongo que habrá alguna explicación para esta absurda travesura.

El muchacho comenzó a tartamudear, pero tras tomar aire pareció hacerse un tanto con la situación.

– En realidad… - empezó a decir – …es una historia más bien peculiar.

– Y tanto que lo es – señalé – De hecho estoy ansioso por escucharla.

Su mirada pareció decirme “no va usted a creerme aunque se la repita mil veces”, pero se resignó ante lo inevitable y comenzó su relato.

– Hace poco más de un mes, Bernardino Buendía vino a verme. Estaba muy interesado en tener un encuentro conmigo a solas. Al principio hablamos sobre temas sin importancia, él parecía disfrutar de la conversación. Tras más de media hora platicando, me confesó el verdadero propósito de su visita. Me dijo que él era mi verdadero padre. En realidad esto no me sorprendió demasiado pues tenía razones para sospechar que fuera así, sin embargo supuso mayor sorpresa el que me diera a entender que no le quedaba mucho tiempo de vida. Es obvio que así era, aunque lo ocultó con éxito a la vista de todos. Me dijo que en su juventud había hecho fortuna en las Américas, pero apenas quedaba nada de aquel dinero que había dilapidado durante años a su vuelta al pueblo. Percibí en su voz cierto remordimiento por no haberse comportado como un buen padre.

– Ciertamente no puede decirse que lo fuera – apuntillé.

– Me confesó que estaba preocupado por mi futuro y el de mi madre – continuó el muchacho sin hacer mucho caso de mi comentario - Me enseñó el anillo que siempre llevaba y me contó brevemente su historia. Tras los primeros años en América se gastó todos sus ahorros en adquirirlo, fue un capricho que seguramente no se podía permitir pero creo que el bueno de Bernardino nunca fue un hombre previsor. Lo compró a un anticuario que por lo visto lo vendió muy por debajo de su valor. Más tarde se enteró de que había pertenecido a una familia descendiente de conquistadores Españoles, los cuales lo heredaron de su antepasado. Desde entonces su suerte empezó a cambiar y comenzó a hacer dinero en sus negocios. Para él más que un valor económico tenía un valor sentimental, lo llamaba su “anillo de la suerte”. Insistió en regalármelo, pero siempre tras su muerte. “No quiero morir sin llevarlo puesto, pero una vez fallecido quiero que sea tuyo. Eres un chico listo, con lo que obtengas por él podrás pagarte los estudios y ser alguien en la vida” me dijo.

– ¡Ah, el bueno de Bernardino! – exclamé – y supongo que eso explica tu apropiación de ese anillo – dije con evidente tono de incredulidad.

El chaval siguió hablando como si no le importase la observación. No parecía nervioso. Era como si se guardase un último as en la manga.

– Esta tarde mi madre no quería que viniese al velatorio, así que hube de esperar a que se acostase. Entonces me dirigí hacia aquí y encontré la puerta abierta, entré y al llegar al salón vi que no había nadie. Allí estaba el cadáver de mi padre y en su mano el anillo. Fue como un impulso, el caso es que cuando quise darme cuenta estaba cogiéndolo de su mano. Oí un ruido y me asusté, me escondí todo lo aprisa que pude tras el sofá. En ese momento apareció usted, tuve suerte de que no se le ocurriera ponerse a buscar por la habitación. Lo vi salir y escuché como subía las escaleras. Aproveché para llegar hasta la puerta, pero estaba cerrada con llave. Las ventanas del piso inferior están enrejadas así que no podía utilizarlas como escapatoria. Comprendí que no saldría sin ser descubierto a menos que ideara alguna estratagema. Y entonces se me ocurrió ocultar el cadáver en mi antiguo escondite, detrás del sofá. Supuse que la impresión lo haría escapar corriendo y yo saldría detrás. Para evitar cualquier imprevisto decidí cortar la luz, de este modo evitaría que si tenía el aplomo suficiente se le ocurriese inspeccionar el salón y descubrir el engaño. Así que salí del cuarto y me escondí en el armario del pasillo, justo al lado de los plomos. El resto ya lo conoce, supongo que subestimé su valor… y aquí estamos ambos.

Me quedé mirando al muchacho en silencio. El cadáver de “Sacamantecas” yacía de nuevo, impávido, en el interior del ataúd. Lo habíamos restituido respetuosamente momentos antes de nuestra conversación. Casi me dio la impresión de que intentaba levantar la mano para añadir algo, pero a buen seguro la expresión iracunda de mi rostro disuadiría de alzar la voz sin el debido permiso incluso a un muerto. No se podía negar que el relato era elaborado y tenía tintes de veracidad, sin embargo había algo que no terminaba de encajarme.

– Así que tú eres el hijo y heredero del señor Buendía – Le dije con cierto sarcasmo - Muy oportuno, teniendo en cuenta que hasta hace muy poco su cadáver lucía una valiosa joya en uno de sus dedos. ¿Qué debería hacerme pensar que eso es así?

Clavé los ojos en el muchacho. Esperaba algún titubeo, alguna muestra de vacilación en su mirada, tal vez el tono tembloroso de su voz en la respuesta, pero sin embargo el chaval hizo lo más extraño que se me hubiera ocurrido que se podría hacer en aquellas circunstancias. Comenzó a desatarse los cordones de las gastadas botas que calzaban su pie izquierdo y cuando hubo terminado, se sacó cuidadosamente el calcetín dejando a la vista la piel desnuda. En el extremo de su apéndice bailoteaban, como si de alegres marionetas de un teatrillo se tratase, no cinco, sino seis grotescos dedos que parecían retar a mi desafiante mirada. “Tocado y hundido” pensé para mis adentros.

Y entonces una al principio ligera risita empezó a brotar desde lo más hondo de mis entrañas, para ir tornándose en más y más fuerte hasta que sin poder remediarlo estallé en una retahíla de incontrolables carcajadas que me obligaron a doblegarme sobre la cintura con las manos sujetándome el vientre, hasta casi hacerme perder el equilibrio. A través del ventanal vi encenderse unas luces a lo lejos, sin duda algún vecino espantado ante las risotadas que en la distancia el difunto parecería proferir desde la otra vida. Agustín Vacamuerta me miraba sin salir de su asombro no sabiendo muy bien que hacer y a buen seguro su difunto padre estaría revolviéndose desde el más allá ante semejante falta de respeto.

Con el rostro desencajado y las lágrimas corriéndome aún por las mejillas alcé la mirada y contemplé aquello que tanta hilaridad me había provocado. Frente a mí se hallaban el muchacho y su deslumbrante anillo, el legado que el viejo había dejado en este mundo y, probablemente, las dos únicas cosas que Bernardino Buendía había hecho bien en toda su vida.




8 comentarios:

  1. Vaya, me sorprende ser el primer comentario aquí, es un buen texto el que narras en esta ocasión. Me ha gustado la descripción que has ido realizando del "sacamantecas", porque has conseguido mostrar un persona antipático a pesar de que el relato gira en torno a su funeral.

    Admito que en el párrafo final, cuando mencionas que el hijo de Bernardino se desataba los cordones, he empezado a reírme imaginando lo que finalmente iba a mostrarse jaja.

    Me ha gustado el texto, donde al menos y como rematas al final, Bernardino llegó a hacer algunas cosas buenas en su vida. ¡Un abrazo!

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    1. bueno este relato lo subí hace mucho tiempo cuando creé el blog y no tenía muchas lecturas. Me ha sorprendido gratamente verte por un relato tan antiguo. Tanto que me he puesto a repasarlo y he corregido varias cosas porque uno evoluciona y se da cuenta de los errores que cometía. me alegra que te haya gustado José Carlos y gracias por tu visita. Un abrazo.

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  2. Aunque todo tuviera una lógica al final, no pude evitar ponerme nerviosa cuando el cadaver no estuvo.
    Muy buen texto! Pese a lo cascarrabias, don Bernardino temía y se preocupaba por el futuro de su hijo. Saludos!

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    1. Pues si, no era tan malo como parecía este buen hombre. gracias por pasarte Sue. Un saludo.

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  3. Estoy poniéndome al día con tus relatos. Hay que ver lo bien que escribes, Jorge. He disfrutado un montón leyéndolo y me he reído un rato. Un abrazo, Jorge

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    1. Que sorpresa Ana verte por uno de mis cuentos más antiguos. He de reconocer que éste lo retoqué un poco hace un par de semanas, aunque la base es la misma. Afortunadamente vamos evolucionando en la forma de escribir. Me alegra que te haya gustado. Tengo unos cuantos tuyos pendientes de leer pero ando unos días "exiliado" por los Madriles y tengo poco tiempo, prometo hacerlo en cuanto pueda. Un abrazo.

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  4. Pues que me lo he pasado “de muerte”…, en varios momentos pensé que era el propio Bernardino quien se divertía dando sustos a su amigo…y que la magia del anillo tenía algo que ver en la desaparición del cadáver. Al final todo encaja, es un texto coherente con dosis de humor socarrón, Se lee con interés y de corrido, has sabido entretener e interesar…yo al menos lo leí de un tirón (luego ya hice una segunda lectura con mirada crítica) y creo que estos dos ingrediente es algo básico para un relato.
    Varios despistes que te reseño por si te son de ayuda: el acento en “huérfano”, “apenas” junto, después de la interrogación quitar el punto.
    ¡Ah otra cosa!, no solo has resuelto lo que sería casi un caso policial…sino que has pintado no solo el carácter del pueblo tan dado a poner motes, sino los caracteres de cada uno de los peculiares personajes.
    Nos seguimos leyendo compañero, un abrazo Jorge.

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    1. Pues como ya te dije Isabel, es un relato antiguo que escribí hace tiempo, con una primera parte en tono costumbrista para entrar después de lleno en el género del terror. Nunca he pensado que sea de mis mejores cuentos y sin embargo ha gustado bastante, supongo que por lo que dices de mantener la tensión. Me alegra que te haya gustado. Abrazo.

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