miércoles, 25 de enero de 2017

Buscando a Lorca. Capítulo XIII: La última morada

Viajaba en el asiento del copiloto de un Mercedes. El techo corredero estaba abierto y el viento me despeinaba. Dejamos atrás el pueblo y circulábamos por la carretera que bordea la costa, el mar espumeaba contra las rocas situadas al borde de las aguas. Ninguna de las dos pronunciaba palabra alguna. Yo estaba segura de que nada de lo que pudiera escuchar sería tan revelador como lo que vería en unos minutos. Al fin nos desviamos por un camino de grava y paramos frente a una casa solitaria suspendida al borde del acantilado. La puerta del garaje se abrió y nos adentramos en su interior.

Esta era la casa de veraneo de la familia. Por esas cosas de las herencias, ahora es de mi propiedad.

Ana García Lorca bajó del auto, la seguí a través de una puerta por la que penetramos en la vivienda. Pareció que retrocedíamos varias décadas en el tiempo, la casa conservaba muebles y enseres propios de muchos años atrás. Atravesamos algunas estancias mientras el olor a madera vieja nos acompañaba en el recorrido. Salimos por una puerta acristalada a un jardín particular, el rumor del mar sonando desde la distancia nos dio la bienvenida. El recinto estaba bien cuidado, algunos rosales mecían sus ramas espinadas con el vaivén de la brisa y el césped se hallaba cortado, supuse que la propietaria debía de pagar a algún jardinero por el mantenimiento. Caminamos por entre las flores alejándonos de la casa, entonces una pequeña construcción esculpida en mármol apareció ante nosotros.

lunes, 16 de enero de 2017

Buscando a Lorca. Capítulo XII: Algunas respuestas

No podía dar crédito a lo que oía. Los García Lorca llevaban años poniendo trabas a que el cuerpo de su difunto antepasado se desenterrase y Ana García Lorca me había dado una razón convincente, la prolongación por cinco años de los derechos de autor de su Obra. Sin embargo la propia Ana a través del Instituto había puesto dinero para financiar la excavación, una excavación que estaba condenada al fracaso porque, según la mujer acababa de confesarme, el poeta ya no se encontraba enterrado en la ubicación original.

Por si no hubiese suficiente misterio, Cárdenas me aseguraba que una condición indispensable para tener acceso a la financiación era que yo misma me hiciese cargo de la dirección de los trabajos. Lo mirase desde cualquier ángulo, aquel galimatías carecía de sentido.

martes, 3 de enero de 2017

Buscando a Lorca. Capítulo XI: El mar, una playa y un Bloody Mary

Salí temprano y conduje durante toda la mañana. A mediodía llegué a la localidad malagueña de Nerja, un precioso enclave turístico en la costa mediterránea. La señora García Lorca me había citado en un pintoresco restaurante situado a pie de playa, con vistas al mar.

Aparqué en un descampado habilitado para clientes dirigiéndome luego hacia la entrada. Allí pregunté por mi anfitriona y un empleado vestido de smoking me condujo a una de las terrazas.

En una mesa apartada, junto a una barandilla que se asomaba al arenal, la vi disfrutando del día soleado mientras se fumaba sin prisa un cigarrillo. Llevaba un vestido blanco de una pieza y una amplia pamela le cubría la cabeza. No pude adivinar si me había visto desde detrás de sus gafas de sol hasta que llegué a su altura. Entonces me dedicó una leve sonrisa y señaló hacia una silla invitándome a tomar asiento.