—¡No
se como puedes dormir con este ruido!
—La
costumbre.
—Ahora que hemos acabado con el malvado juez Frollo, puedes buscarte una morada más apropiada.
—¡No
se como puedes dormir con este ruido!
—La
costumbre.
—Ahora que hemos acabado con el malvado juez Frollo, puedes buscarte una morada más apropiada.
Mis
piernas temblaban cuando fui a comprar el telescopio. Me sentía culpable, como
si descubrir los secretos indecibles que se extendían más allá de la ventana
fuese un sacrilegio. Y quedé atrapado en ese pecado, alimentándome cada noche
de la ambrosía que emanaba de aquella estrella celestial.
Era muchas en una. Berenice, con la cabellera ondeando al viento. Casiopea, sentada frente al espejo forzando muecas irreverentes, cual niña traviesa. Andrómeda, las formas insinuándose bajo la fina seda, tumbada en el lecho, a veces leyendo, otras garabateando quien sabe qué pensamientos sobre un diario; ojalá poder robarlo, ojalá acceder a su corazón plasmado en tinta. Virgo, la promesa de un futuro siempre esquivo.
Jamás todo esto se me hubiera pasado por la cabeza. Ahora, la acción más horrible parece incluso justificada.
Escucho sus
gritos desde el cuarto contiguo. Seguramente intuye cuál es su destino, ¡maldita!
La cama golpea contra el suelo produciendo un estruendo seco que resuena en
todo el sótano. El buen juicio me ha obligado a esposarle muñecas y tobillos a
los hierros del pie y el cabecero.
¡Eva! Musito
su nombre como si ello pudiera devolvernos a los tiempos felices.
Un día la quise. Vivía por ella, respiraba sus palabras y me alimentaba de su sonrisa. Esos ojos color cielo eran el sol y las estrellas. Pero ya no podrá haber jamás nada que podamos compartir. ¡Nada! Y a pesar de todo, la amo.
—Sólo será un
pinchazo de nada, Amadeo.
—No, todavía
no.
—Verá como se siente mejor, no se haga de rogar.
El hombre gordo y trajeado me mira altivo, sentado en su sillón encuerado. Fuma un puro con parsimonia y, de vez en cuando, escupe sin disimulo hacia mi rostro el humo espeso, que me hace toser. Las paredes están forradas en madera, como atrapándome en el oscuro camarote de un galeón. Me ha parecido distinguir un Renoir. Desde una esquina, la cabeza melenada de un imponente felino me observa desafiante. Al fin, el gordo se digna a hablarme tras la maciza mesa de roble.
Apenas la savia nueva riega ya la red social. Solo quedamos algunos incombustibles, apurando nuestros últimos años en esta realidad finita. Tengo un mensaje privado de él.
Voy a su muro y veo que ha publicado las fotos de nuestro último viaje a Santorini. Todo muy normal, si no fuera porque… ¡hace dos años que Eduardo ha fallecido!
Todavía noto el corazón martilleándome las sienes cuando logro poner algo de cordura en mis pensamientos. Alguien ha hackeado su perfil, ¡tiene que ser eso! Más aliviada y fantaseando con la denuncia que pondré en comisaría, me dispongo a leer el chat.
El Tintero de Oro nos propone, para el reto de este mes, escribir un microrrelato de no más de 250 palabras que gire en torno al concepto del tiempo y sus múltiples vertientes.
Tratándose de algo tan complejo no podía ver la luz más que un relato de iguales características. Así que ha salido esto, cuya síntesis está clara en la mente del autor, pero que debido a la falta de espacio y lo rebuscado de la idea, no acierto a averiguar si producirá la misma diáfana impresión en quienes lo lean. Ahí va.
****************
He avisado a los colegas. Nos vamos a divertir de lo lindo. Los dejaremos hacer y cuando estén en el momento álgido, protagonizaremos una aparición estelar de las nuestras. Saldremos de entre las moradas del fondo, las de mármol rosa. Vendrán hasta los héroes de Cuba y también los duques de Medina y Luengo, que esto no se lo pierde nadie.
Decían que era hija del embajador. Todas las
mañanas aquella silueta contorneada en arabescos aparecía en clase. Su melena
pelirroja abrasaba el aire, lanzando un vahído que encendía mis mejillas. Siempre
llevaba algo a juego: un abrigo encarnado, las medias escarlata aflorando bajo su
falda, un jersey granate que le encorsetaba el busto o una camiseta de Mickey Mouse.
Y yo solo imaginaba, pobre de mí, si Ninette había decidido vestir a juego
también aquello que no podía verse.
Se le dibujaban constelaciones en las orillas de la boca las pocas veces que conseguía hablarle. En realidad, Ninette siempre sonreía. Así transcurrió el curso, enganchado al olor traicionero de su perfume. Y tras el verano, Ninette no volvió.
Debo
concentrarme, en las entrañas de esta cueva plagada de trampas y pasadizos, un
error puede ser fatal. Desempolvo el frontal del nicho y tiro fuerte de la
anilla; apenas creo lo que ven mis ojos: Un Tintero de Oro con la leyenda pídeme
un deseo y lo verás por escrito.
Bueno, por escrito, lo que es por escrito… pero ¡qué diablos! No tengo nada que perder.
Han pasado más de veinte primaveras. Hace treinta días expiró mi padre y tuve que enterrarlo en el cementerio de la pequeña aldea perdida en el interior de la remota sierra de Ancares donde me crié. Ahora, Virginia me ha hecho regresar. Quien fue mi primer amor, fallecida en la flor de su juventud en un desafortunado accidente. Cayó por un pozo sin señalizar; dicen que su muerte fue lenta y agónica. Un nuevo sepelio.
El contrario es tu enemigo, el miedo tu alimento, el individualismo lo que da sentido a la existencia. Cree, trabaja, consume. Lucha por los ideales que te muestro como un señuelo, esos no son los importantes. Puedes permitirte algún capricho, sueña con llegar a lo más alto, pero no te hagas ilusiones. No cabemos todos aquí arriba. No me importa tu miseria, tu existencia solo vale el beneficio que pueda reportarme. Regálame tu vida si así lo requiero, la guerra no es más que otro medio para enriquecerme, la muerte y el sufrimiento son tan solo un daño colateral.
Isidro Fuensanta,
el pirado, camina por el bosquecillo; la ropa sucia y andrajosa, un
macuto y una hoz a su espalda. Los pájaros callan al escuchar el crujir de la
hojarasca bajo sus pies. Abandona el robledal, internándose en una extensa
plantación de eucaliptos. Donde antes había vida, ahora impera un silencio solo
roto por el tétrico crujir de los largos troncos mecidos por el viento, como un
lamento del más allá. Si no conociera el lugar, el carácter supersticioso del
pueblerino lo habría inducido a dar marcha atrás. Entre las primeras sombras de
la noche una figura se deja entrever en el sendero, cubierta con una capa. Se
adivinan unas formas juveniles de mujer, Isidro se relame los labios.
—¿Quién eres,
niña?
La presencia levanta
la cabeza, bajo su capucha asoman unos mechones rubios.
—La muerte, me
llaman.
—Tú no eres
fea, como Ella —titubea.
—Entonces ven
conmigo —muestra un papel en su mano— ¡Estás en mi lista, Isidro Fuensanta!
El pirado se arroja al suelo y suplica aterrado por su vida. La muerte, entre carcajadas, le grita que corra, si alcanza la linde del eucaliptal antes que ella, podrá vivir.
Aunque ya se
sospechaba, la humanidad puede afirmar que tenemos nuevo compañero de viaje. Hace
meses se anunciaba la creación de la máquina Logos, que mediante un
complejo software es capaz de establecer comunicación bidireccional y en tiempo
real con los delfines. Ahora, el Instituto Oceanográfico Mundial ha hecho
públicos los resultados.
Esta especie de simpáticos mamíferos acuáticos se ha revelado tan inteligente o incluso más que el ser humano. Los animales han asimilado en tiempo récord nuestra organización social y no han tardado en crear, según el presidente del IOM dijo, el DIJO, Delfines Inteligentes Juntos por el Océano, primer sindicato sirénido de la historia. Entre sus reivindicaciones figura la creación de un pacto mundial por la descontaminación oceánica, y la implantación de un sistema de calefacción invernal para las aguas más frías. Así mismo, al ser su linaje anterior al de los humanos consideran que el nombre del-fin no es el más apropiado para la especie.
Los países mediterráneos, Italia,
España, Portugal y Grecia, han abandonado definitivamente el Euro para crear su
propia moneda, mientras Francia debate su incorporación, tras reclamar
infructuosamente una reestructuración de la unión monetaria que corrigiese las
asimetrías que la lastran.
Las naciones industrializadas centroeuropeas venían exportando, con la ventaja de una divisa constante, a los países importadores del sur, provocando un flujo monetario sur-norte que genera enormes superávits comerciales en centroeuropa y mayores déficits en los mal llamados PIGS, obligando a estos a endeudarse constantemente para equilibrar sus balanzas de pagos. A mayores, venía imponiéndoseles una desindustrialización permanente, convirtiendo sus economías en meras proveedoras de servicios con bajo valor añadido, agravando la situación. Los sureños exigían un aumento del presupuesto común por encima del exiguo 2% sobre PIB actual, para compensar vía reinversión estos déficits comerciales como ocurre en cualquier sistema monetario moderno, así como fondos para reindustrializarse, ante la oposición de la UE y el BCE, controlado por el Bundesbank.
Madrid, 28/12/2032
España vive uno de sus momentos más aciagos, comparable por su trascendencia a otras épocas convulsas de nuestra historia, como la guerra de Cuba, el advenimiento de la República o el comienzo de la Guerra Civil. La incertidumbre se cierne sobre los sesenta millones de habitantes de esta desgarrada piel de toro desde que el Airbus A310, matrícula T.22, se estrellase el pasado miércoles en las inmediaciones del aeropuerto de Sondika al intentar tomar tierra, en el que es sin duda el accidente de aviación más trágico en todo el devenir del país. Desde los primeros momentos las autoridades informaron que ninguno de sus ocupantes había sobrevivido a la catástrofe. En la tarde del día de hoy se espera que su majestad el Rey Felipe VII se dirija a la nación para transmitir un mensaje de tranquilidad y sosiego, aunque diversas fuentes consultadas por este diario sostienen que el efecto puede ser completamente contrario al deseado.
El silencio llena el pasillo del hospital. Un celador con sobrepeso empuja la camilla, encargado de llevar un cadáver desde la morgue hasta la sala
de autopsias. El ascensor abre sus puertas y ambos, vivo y muerto, son engullidos en su interior. Una vez a resguardo de miradas inoportunas, el
hombre traga saliva, se humedece los labios y pulsa el botón de parada. Nadie
lo echará en falta si se demora unos minutos.
Tira ligeramente de la sábana que cubre el cuerpo. El rostro de una muchacha joven asoma, tétrico, flanqueado por una abundante cabellera rubia. Sabrina, reza la tarjeta; es hermosa. Un moratón en la sien izquierda delata su fatal destino. El resto de la faz exhibe un blanco marmóleo, tan solo sus labios carnosos conservan algo de color. La tela vuelve a descender, dos pezones obscenos parecen reclamar al gordo a gritos, incendiándolo de deseo. Alarga una mano hasta tocarle un seno, mientras restriega su entrepierna contra la camilla. Un último tirón y la mirada lasciva se le prende en el vello ralo que siembra el pubis, dejando entrever la vulva todavía sonrosada. Babeando, agacha la cabeza y hunde el morro en aquel cuerpo que aún permanece tibio.
—Al hotel
Meliá —ordenó al taxista.
Su editor
le tramitó el alojamiento, no sospechaba el ahora escritor que el antiguo
Corona de Aragón había cambiado de nombre. Cuando llegó se le hizo un nudo en
la garganta. El recepcionista le asignó la habitación 510.
Deshizo la maleta. Tantos años después, por un capricho del azar, estaba allí de nuevo. Recordó el incendio, gente atrapada, muerte… solo unos pocos sabían la verdad. Unos pocos entre los que él se encontraba.