Aurora era el primer lucero de la mañana, la savia que alimentaba el día. Las raíces que sostenían mi mundo. Al alba corría a su lado para saludarla antes de comenzar la jornada. Con la caída de la tarde me sentaba a su vera y la leía poemas, le susurraba canciones engranadas al mecer de las hojas y de vez en cuando, le decía piropos. Y me parecía que se ruborizaba, y la escuchaba reír, ingenuo de mi, como el agua bajando por la torrentera. Y me hablaba, lo juro. Lo hacía a pesar de no ser yo más que un pobre rapaz huérfano que vivía de pastorear algunas reses, allá en una aldea remota de la sierra de Ancares, donde el tiempo se entretiene a veces en deshojar margaritas. Un aldeano que leía poesía e inventaba cuentos, mas aldeano al fin y al cabo. Un don nadie enamorado de una diva.
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jueves, 21 de marzo de 2024
La voz de Aurora
Me hablaba.
Juro que me hablaba. Ahora, embebido de la amnesia con que el tamiz del tiempo lo criba todo, semeja tan solo la fantasía de un muchacho soñador. Pero prometo
que me decía las palabras más hermosas que pudiera pronunciar ser viviente alguno. Lo
juro aunque quien me escuche, me tome por loco.
viernes, 29 de mayo de 2020
Anelisse
El campamento élfico era una oda a lo peor de la guerra. Ya nadie
recordaba cómo había comenzado, pero continuaba acrecentando sin mesura la
inquina entre hombres y elfos. Junto a fogatas y quejumbrosos cuerpos heridos me
conducían, prisionero y humillado, a un destino que en aquel momento estaba
lejos de imaginar. Entré en una tienda decorada con mayor opulencia de la que
cabría esperar y, para mi sorpresa, cortaron las ataduras dejándome solo.
Eleariel, reina de los elfos, no podía ser otra
quien apareció tras la cortina. Su belleza era legendaria pero la leyenda empequeñecía
ante la realidad. De rostro alargado, sus pupilas de un violeta amatista
semejaban refulgir a la luz de las antorchas; mostraba una expresión triste,
como si soportase el peso de todas las almas que se había llevado la maldita
guerra. Se cubría con sedas que abrazaban su contorno, apenas suficientes para
esconder la sensualidad que rezumaban sus formas. Aparentaba unos veinticinco,
aunque ¿qué hombre es capaz de adivinar la verdadera edad de un elfo?
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