domingo, 12 de abril de 2026

El mar en su mirada

    Hay días que se deshacen anegados en tristeza, y este catorce de abril es uno de ellos. Incluso el cielo, que amaga con dejar caer el orballo tan típico de estas tierras, parece querer sumarse al duelo. Procesionan los coches hacia la iglesia de la Inmaculada, apodada de los Picos por su techo en forma de estrella, y los féretros se trasvasan desde los vehículos al interior del templo; rostros compungidos, algún que otro llanto y tanta inocencia truncada que hasta duele el alma. Hay días que amanecen con la promesa de ser olvidados, pero este sábado negro quedará, ya para siempre, en el recuerdo imperecedero de una ciudad.

    Fue en las butacas del Tamberlick donde Iria atizó una bofetada por primera vez, al notar como una mano ascendía sobre la lycra de sus medias. Proyectaban Grease, y en más de una ocasión la chiquilla sintió como se le encendían las mejillas. Toño, que habiendo repetido un curso era un año mayor, la había invitado con la excusa del catorce cumpleaños de la muchacha y, tras hacerse de rogar, Iria aceptó entre inquieta e ilusionada.

—¿Tomamos algo en el Flamingo? —propuso Toño al salir.

—Llegaré tarde, ¡me castigarán sin ir a la excursión del cole!

El céntrico local de la calle Príncipe rodeaba con su fachada acristalada los muros de la antigua prisión. En el interior, la decoración hacía retroceder el tiempo y menguar las penas. Hey, solo pienso en ti, los arrulló Víctor Manuel con voz melancólica. El chaval sacó una cajetilla de tabaco y encendió un cigarro.

—¡Te dejan hacer eso!

—¿Te dejan subirte la falda del uniforme hasta el muslo?

—¡Claro que no! Dame una calada, porfa. Así intercambiamos los papeles.

Iria comenzó a toser y tuvo que tomar un trago de la Fanta naranja que había pedido.

—Creo que no es lo mío.

—Menos mal, los pantalones arremangados no me iban a quedar bien. Prueba un sorbo de Estrella, anda.

—Eso ya no —se sonrojó.

La chica atusó su cabello rubio, nerviosa, y se apartó el flequillo. El olor almizclado del jazmín embriagó a Toño en el momento en que dejaba su chupa de cuero sobre el respaldo. Le costaba admitir que a veces lo desconcertaba su mirada, porque la niña tenía los ojos del color del cielo.

—¿Qué quieres ver en Madrid? Yo te llevo —fanfarroneó.

—Pues… ¡el palacio!

—¿El palacio?

—El Palacio Real. ¿Hay tapices, no? Me encantan.

—No sé cómo son los tapices, pero sería más divertido dar esquinazo a los profes y escapar al cine, o a la disco.

—Eso no estaría bien.

—Por eso es más divertido.

En mis sueños, mi ilusión siempre eres tú. Pedro y Javier, moreno y rubio rompecorazones, insistían en marcarles un guion todavía por rubricar, con su Esperanzas.

—Con tanto palacio tú de mayor vas a ser reina, por lo menos.

—Escritora. Me gustaría escribir un libro.

—Sí que apuntas alto, tía. Yo quiero ser cantante.

—Como en la peli.

—Y me ligaré a la rubia. ¿Cómo era? Tenía nombre de fruta.

—Sandy— apuntó Iria, divertida.

—Lo que yo decía. Y cuéntame, escritora ¿sobre qué vas a escribir?

—Sobre —la chica gesticuló abarcando a su alrededor, mordiéndose el labio inferior en un mohín pueril— todo esto. Las cosas sencillas son las más bonitas de contar.

—No sé si te lo habían dicho, pero a veces eres un poco rara.

—¡Y tú un atrevido!

—Calla, que ni Rocky pega tan fuerte.

—Te estuvo bien empleado.

Comenzó a quejarse Camilo Sesto desde el hilo musical, como implorando clemencia: Vivir así, es morir de amor.

—¿Lo harás otra vez?

—¿El qué?

—Pegarme.

—Solo si te portas bien —rió la chica.

Era una risa como el vidrio templado a fuego, sin impurezas, que invitaba a disfrutarla en silencio hasta evaporarse igual que el rumor de una cascada en lontananza. A veces lo robado es lo que mejor gusto deja y el beso de Toño le supo a Iria a nicotina, a palomitas de maíz y a sueños. Los labios de la chiquilla fueron incapaces de sujetar una sonrisa antes de que los del chaval se le despegasen. La magia se resintió un tanto cuando sus narices se atropellaron al separarse y ambos intercambiaron las miradas esbozando una mueca boba.

Toño llegó a casa con la boca manchada de carmín, su madre no le dijo nada, tan solo sonrió para sus adentros. A la misma hora, recostada sobre la cama Iria oía como la llamaban para cenar y recordaba su primer beso, mientras acariciaba su peluche favorito. Afuera, comenzó a llover.

 

Hay días que se te clavan como un puñal, en el alma. El agua helada, las extremidades entumecidas y la muerte mirándote a los ojos. ¿Por qué yo, por qué no otro? Ese diez de abril jamás debió haber existido.

Este catorce, tampoco.

—Eran del color del cielo —suspira al borde de las lágrimas— ¡sus ojos, el mar dentro de su mirada!

Desaparecen los últimos féretros en el interior de la iglesia de los Picos. Toño no entra, no necesita más recuerdo que el de aquella tarde lluviosa en el Flamingo. Y el de su sonrisa.

Va por ti, escritora —piensa— Por los besos que dejamos pendientes. Por esas ilusiones que te arrebató el destino cuando nuestro maldito autobús cayó a las aguas del río Órbigo.

Y sus ojos dejan de asemejarse a un dique y, al fin, llora.

  

NOTA DEL AUTOR: El 10 de abril de 1979, un autobús con alumnos del colegio Vista Alegre de Vigo se precipitó a las aguas del río Órbigo en Santa Cristina de la Polvorosa, Zamora, de regreso de una excursión de Semana Santa a Madrid y Toledo. En él viajaban alumnos de los tres últimos cursos de la EGB, con edades comprendidas entre los 11 y los 14 años. El río bajaba crecido debido a las últimas lluvias y al deshielo, lo que propició un desenlace fatal. Fallecieron 45 niños, junto con los 3 profesores que los acompañaban y el chófer del autobús. Solo hubo 10 supervivientes, 9 alumnos y un soldado de reemplazo que volvía a casa de permiso y que habían recogido minutos antes haciendo autoestop.

    El 14 de abril se celebró en la iglesia de los Picos de Vigo un funeral con la presencia de los cuerpos de los fallecidos que se habían recuperado hasta el momento, la totalidad no se recuperó hasta dos semanas después del accidente. El 23 de abril se celebró en el estadio de fútbol de Balaídos el funeral oficial, con la asistencia de 30.000 personas y varias autoridades del Estado.

    Fue en ese momento, y durante varios años, el más trágico accidente de autobús en la historia de España.


El antiguo café Flamingo:


La iglesia de los Picos en la actualidad:


El antiguo cine Tamberlick:


El estadio de Balaídos en 1979:




No hay comentarios:

Publicar un comentario