—¿Tomamos
algo en el Flamingo? —propuso Toño al salir.
—Llegaré
tarde, ¡me castigarán sin ir a la excursión del cole!
El
céntrico local de la calle Príncipe rodeaba con su fachada acristalada los
muros de la antigua prisión. En el interior, la decoración hacía retroceder el
tiempo y menguar las penas. Hey, solo pienso en ti, los arrulló Víctor
Manuel con voz melancólica. El chaval sacó una cajetilla de tabaco y encendió
un cigarro.
—¡Te dejan hacer eso!
—¿Te dejan subirte la falda del uniforme
hasta el muslo?
—¡Claro que no! Dame una calada, porfa.
Así intercambiamos los papeles.
Iria comenzó a toser y tuvo que tomar un
trago de la Fanta naranja que había pedido.
—Creo que no es lo mío.
—Menos mal, los pantalones arremangados
no me iban a quedar bien. Prueba un sorbo de Estrella, anda.
—Eso ya no —se sonrojó.
La
chica atusó su cabello rubio, nerviosa, y se apartó el flequillo. El olor
almizclado del jazmín embriagó a Toño en el momento en que dejaba su chupa de
cuero sobre el respaldo. Le costaba admitir que a veces lo desconcertaba su
mirada, porque la niña tenía los ojos del color del cielo.
—¿Qué
quieres ver en Madrid? Yo te llevo —fanfarroneó.
—Pues…
¡el palacio!
—¿El
palacio?
—El
Palacio Real. ¿Hay tapices, no? Me encantan.
—No
sé cómo son los tapices, pero sería más divertido dar esquinazo a los profes y
escapar al cine, o a la disco.
—Eso
no estaría bien.
—Por
eso es más divertido.
En mis sueños, mi ilusión siempre eres tú. Pedro
y Javier, moreno y rubio rompecorazones, insistían en marcarles un guion
todavía por rubricar, con su Esperanzas.
—Con
tanto palacio tú de mayor vas a ser reina, por lo menos.
—Escritora.
Me gustaría escribir un libro.
—Sí
que apuntas alto, tía. Yo quiero ser cantante.
—Como
en la peli.
—Y
me ligaré a la rubia. ¿Cómo era? Tenía nombre de fruta.
—Sandy—
apuntó Iria, divertida.
—Lo
que yo decía. Y cuéntame, escritora ¿sobre qué vas a escribir?
—Sobre
—la chica gesticuló abarcando a su alrededor, mordiéndose el labio inferior en
un mohín pueril— todo esto. Las cosas sencillas son las más bonitas de contar.
—No
sé si te lo habían dicho, pero a veces eres un poco rara.
—¡Y
tú un atrevido!
—Calla,
que ni Rocky pega tan fuerte.
—Te
estuvo bien empleado.
Comenzó
a quejarse Camilo Sesto desde el hilo musical, como implorando clemencia: Vivir
así, es morir de amor.
—¿Lo
harás otra vez?
—¿El
qué?
—Pegarme.
—Solo
si te portas bien —rió la chica.
Era
una risa como el vidrio templado a fuego, sin impurezas, que invitaba a
disfrutarla en silencio hasta evaporarse igual que el rumor de una cascada en
lontananza. A veces lo robado es lo que mejor gusto deja y el beso de Toño le
supo a Iria a nicotina, a palomitas de maíz y a sueños. Los labios de la
chiquilla fueron incapaces de sujetar una sonrisa antes de que los del chaval
se le despegasen. La magia se resintió un tanto cuando sus narices se
atropellaron al separarse y ambos intercambiaron las miradas esbozando una
mueca boba.
Toño
llegó a casa con la boca manchada de carmín, su madre no le dijo nada, tan solo
sonrió para sus adentros. A la misma hora, recostada sobre la cama Iria oía
como la llamaban para cenar y recordaba su primer beso, mientras acariciaba su
peluche favorito. Afuera, comenzó a llover.
Hay
días que se te clavan como un puñal, en el alma. El agua helada, las
extremidades entumecidas y la muerte mirándote a los ojos. ¿Por qué yo, por
qué no otro? Ese diez de abril jamás debió haber existido.
Este
catorce, tampoco.
—Eran
del color del cielo —suspira al borde de las lágrimas— ¡sus ojos, el mar dentro
de su mirada!
Desaparecen
los últimos féretros en el interior de la iglesia de los Picos. Toño no entra,
no necesita más recuerdo que el de aquella tarde lluviosa en el Flamingo. Y el
de su sonrisa.
Va
por ti, escritora —piensa— Por los besos que dejamos pendientes. Por esas
ilusiones que te arrebató el destino cuando nuestro maldito autobús cayó a las
aguas del río Órbigo.
Y
sus ojos dejan de asemejarse a un dique y, al fin, llora.
NOTA DEL AUTOR: El
10 de abril de 1979, un autobús con alumnos del colegio Vista Alegre de Vigo se
precipitó a las aguas del río Órbigo en Santa Cristina de la Polvorosa, Zamora,
de regreso de una excursión de Semana Santa a Madrid y Toledo. En él viajaban
alumnos de los tres últimos cursos de la EGB, con edades comprendidas entre los
11 y los 14 años. El río bajaba crecido debido a las últimas lluvias y al
deshielo, lo que propició un desenlace fatal. Fallecieron 45 niños, junto con los
3 profesores que los acompañaban y el chófer del autobús. Solo hubo 10
supervivientes, 9 alumnos y un soldado de reemplazo que volvía a casa de permiso
y que habían recogido minutos antes haciendo autoestop.
El 14 de abril se
celebró en la iglesia de los Picos de Vigo un funeral con la presencia de los
cuerpos de los fallecidos que se habían recuperado hasta el momento, la
totalidad no se recuperó hasta dos semanas después del accidente. El 23 de abril
se celebró en el estadio de fútbol de Balaídos el funeral oficial, con la
asistencia de 30.000 personas y varias autoridades del Estado.
Fue en ese momento,
y durante varios años, el más trágico accidente de autobús en la historia de
España.
El antiguo café Flamingo:





.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario