—¡No
se como puedes dormir con este ruido!
—La
costumbre.
—Ahora que hemos acabado con el malvado juez Frollo, puedes buscarte una morada más apropiada.
—No,
Esmeralda. Este es mi mundo, aquí soy feliz.
—¡Ah,
la felicidad! Que concepto más fugaz e incierto.
La
chica le guiñó unos de sus ojos verdes y se apartó el cabello encaracolado. La
piel agitanada de sus hombros asomaba impúdica sobre el vestido.
—Tú
ya la saboreas, el capitán Febo bebe los vientos por ti.
—¡Uf,
quita, Quasimodo!
—Yo
pensaba que…
—Está
de buen ver pero es un poco infantil y además, le huele el aliento, ¡puaj!
—Entonces
¿no estás… enamorada?
—Yo
siempre estoy enamorada, ¿tú no?
Al
jorobado se le encendieron las mejillas. Bajó la vista y cuando reunió valor
para mirarla de nuevo, la sonrisa coqueta de Esmeralda le recordó que nunca
podría tenerla.
—Es
inteligente, audaz y con un corazón como esa campana.
Quasimodo
siguió la dirección del dedo, mas allí no había campana alguna. Cuando volvió el
rostro hacia la muchacha, sus labios carnosos ya se estrellaban contra los
suyos. El corazón le golpeó el pecho más fuerte que el badajo metálico. A Esmeralda
también le olía el aliento, pero a Quasimodo no le importó demasiado.

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