jueves, 15 de octubre de 2026

Donde termina el camino

     El caer de la noche devuelve siempre un cálido abrazo, incluso cuando los tiempos no incitan a aquietar el alma. En ello cavilaba Ramón Rodríguez Varela mientras sus pies desollaban la arena suelta del camino.

La madrugada anterior había realizado una furtiva visita al pazo de Mariñao. El señorito palideció al ver el pistolón apuntándole.

—¡Curuxás! —exclamó asustado.

—Ya sabe, don Valentín, comida caliente y la contribución habitual.

La criada le sirvió un estofado mientras la familia lo observaba en silencio. Al terminar revolvió en un gesto casi cariñoso el cabello del más pequeño.

—Esto queda entre nosotros, como es costumbre —recordó al forzado anfitrión.

Pero esta noche sería diferente. Apuraba el paso hacia la aldea de San Julián, mientras la niebla tapizaba, calmosa, el valle de Ulloa. Las luces trémulas de los candiles tras las ventanas quedaron atrás cuando bordeó el pueblo y se dirigió a una casa solitaria, en el sendero que partía hacia el vecino lugar de Graña. Encaró la vivienda por su parte trasera. Junto a la puerta había una losa que levantó con cierto esfuerzo y, debajo, un hueco del que tomó una llave herrumbrosa. Antes de abrir pegó el oído a la madera, pero no escuchó más que el rumor burlón de un regato cercano. Entró por una de las cuadras. En el piso superior se oían algunas voces apagadas. La moza ahogó un grito al verlo aparecer.

—Tranquila, muller, soy yo.

Los niños corrieron hacia él y le abrazaron.

—¡Papá!

—Shhh, no gritéis —les reconvino su madre.

Ramón dejó dos ristras de chorizo, un pedazo de tocino y algunas hogazas de pan, gentileza del señorito, suficientes para esquivar el hambre algunas semanas más. Al terminar la cena, tras una charla al resguardo de la lumbre, mandaron a los niños a dormir, rechistando.

—¿Cómo van las cosas, Marcelina?

—Los rapaces te echan de menos.

—¿Sólo ellos?

Una sonrisa tímida le curvó el rostro. El hombre reparó en el moratón que le abrazaba el párpado izquierdo. Marcelina se dio cuenta y bajó la vista. Curuxás apretó el puño bajo la mesa.

—¿Cuándo va a acabar esto? —se lamentó ella peinándose el cabello— La guerra terminó hace casi dos años.

—Y la perdimos.

—¿No te han dicho de huir? Francia, Portugal…

—No pienso dejaros aquí. Tengo contactos con la guerrilla, de momento seguiré echado al monte.

—No es vida, Ramón.

—Es la que hay. Muchos no pueden contarlo.

—Temo por ti.

—Siguen viniendo a interrogarte —afirmó.

—A menudo. Los niños dejan de jugar cuando oyen voces que se acercan.

Asintió él con un cabeceo y la rabia le hizo apretar de nuevo los puños.

—¿Te quedarás hoy?

Curuxás creyó adivinarle el deseo agazapado en las pupilas. La observó un instante, descansando la mirada en los requiebros de su cuerpo. Hacía mucho que no estaban solos.

—Me quedaré.

Por unas horas, la posguerra, la represión y la miseria se difuminaron entre las paredes tiznadas por el humo y las sábanas de lino de un camastro, en aquella remota aldea gallega.

 

—¡Curuxás! Sabemos que estás dentro. ¡Sal con las manos en alto y nadie resultará herido!

Una voz autoritaria los sobresaltó temprano en la mañana. De forma instintiva se vistió aprisa. Tomó el pistolón, su rifle y el macuto en que cargaba los pertrechos. Se asomó a la ventana, apenas apartando una cortina. Una brigada de la Guardia Civil rodeaba la casa. Alguien se había ido de la lengua. Nada que tuviera ya remedio. Marcelina le agarró del brazo, sollozando. Su mirada angustiada presagiaba un final siempre temido. Una lágrima le resbaló del ojo amoratado.

—¿Quién es el que te pega?

—Ramón, ¿qué vas a hacer?

—¡Habla, muller!

Marcelina señaló con mano temblorosa.

—El de la pistola.

Quiso abalanzarse sobre aquel hombre, ir afuera y acabar de una vez. Pero los niños estaban allí y ella lo miraba como si ya lo hubiera perdido.

—Coge a los rapaces y encerraos en la habitación del fondo. Oigas lo que oigas, ¡no salgáis!

—Que no te maten, Ramón.

Apenas un hilo de voz sostuvo sus palabras. Sabía que podía ser lo último que la escucharía decir, pero su decisión estaba tomada.

—Voy a salir, ¡no disparéis! —gritó.

El cabo que comandaba la partida se erguía altivo y confiado, apenas parapetado tras el muro que delimitaba unos campos, pistola en mano. Curuxás levantó el rifle. El cristal de la ventana estalló cuando apretó el gatillo.

 

Todo era niebla y confusión. No podía haber sido más efectiva la bomba de humo que le proporcionó la guerrilla. Salió corriendo y tropezó con algún guardia que apenas distinguía quien tenía delante. Conocedor del lugar, caminó casi a ciegas y se internó en los prados. Allí tenía que haber un bosquecillo de robles. A tientas trepó a uno de ellos, mimetizándose con la frondosa hojarasca. Oía las voces de los números que dictaban órdenes inconexas. El paso de las horas disipó la humareda.

De Palas de Rei hicieron venir un auto para llevarse el cuerpo del cabo. Curuxás lo observó todo desde su escondite, mientras partidas de gendarmes peinaban la zona en busca del huido. Llegó la noche. Tenía las piernas entumecidas cuando descendió. Si mantenía el paso, llegaría al campamento de Friol antes del amanecer.

Ramón echó una última mirada a la casa solitaria. Recordó a los niños y pensó en su Marcelina. Y comprendió que ya no había camino de regreso.

 

Nota del Autor: Ramón Rodríguez Varela, más conocido como Curuxás, fue un guerrillero antifranquista gallego nacido en Toques, provincia de la Coruña. La sublevación del 36 lo sorprendió trabajando en las minas de San Fins, en Lousame, y al ser un destacado sindicalista tuvo que echarse al monte cuando el golpe triunfó en Galicia. Mantuvo su actividad en la zona de Palas de Rei, Melide y Toques, entre las provincias de Lugo y la Coruña. Permaneció escondido y ya sin actividad los últimos años de su vida, y fue el único guerrillero en todo el país que no huyó al exilio ni fue capturado o asesinado por las fuerzas golpistas. Murió en 1967 por causa naturales, su cuerpo fue encontrado en un camino rural pertrechado con su pistola al cinto. Quien lo escondía lo hizo aparecer así, como una suerte de burla al régimen y buscando también librarse del castigo que sin duda conllevaría darle abrigo.
    Su historia no me es ajena, pues Curuxás tenía la casa familiar a las afueras de la aldea de San Xulián do Camiño, en el concello de Palas de Rei en Lugo, en pleno valle de Ulloa, la misma aldea donde vivieron mis abuelos. ¡Cuántas veces siendo niño pasé por delante de la que fue su casa, que todavía se conserva! La huida de la Guardia Civil que se narra en el relato está históricamente documentada, así como la muerte del cabo Jesús Dacal, la única que se le conoce. Detalles como el maltrato a su mujer, la bomba de humo o el escondite en el árbol forman parte de la leyenda que se transmite oralmente en la zona, y que más de una vez me han referido mis mayores. Leyenda a la que he querido dotar de voz y de un toque de humanidad en este relato.

Puedes leer el resto de relatos de la convocatoria aquí.




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