La
madrugada anterior había realizado una furtiva visita al pazo de Mariñao. El
señorito palideció al ver el pistolón apuntándole.
—¡Curuxás!
—exclamó asustado.
—Ya
sabe, don Valentín, comida caliente y la contribución habitual.
La criada le sirvió un estofado mientras la familia lo observaba en silencio. Al terminar revolvió en un gesto casi cariñoso el cabello del más pequeño.
—Esto
queda entre nosotros, como es costumbre —recordó al forzado anfitrión.
Pero
esta noche sería diferente. Apuraba el paso hacia la aldea de San Julián, mientras
la niebla tapizaba, calmosa, el valle de Ulloa. Las luces trémulas de los
candiles tras las ventanas quedaron atrás cuando bordeó el pueblo y se dirigió a
una casa solitaria, en el sendero que partía hacia el vecino lugar de Graña. Encaró
la vivienda por su parte trasera. Junto a la puerta había una losa que levantó
con cierto esfuerzo y, debajo, un hueco del que tomó una llave herrumbrosa.
Antes de abrir pegó el oído a la madera, pero no escuchó más que el rumor burlón
de un regato cercano. Entró por una de las cuadras. En el piso superior se oían
algunas voces apagadas. La moza ahogó un grito al verlo aparecer.
—Tranquila,
muller, soy yo.
Los
niños corrieron hacia él y le abrazaron.
—¡Papá!
—Shhh,
no gritéis —les reconvino su madre.
Ramón
dejó dos ristras de chorizo, un pedazo de tocino y algunas hogazas de pan, gentileza
del señorito, suficientes para esquivar el hambre algunas semanas más. Al
terminar la cena, tras una charla al resguardo de la lumbre, mandaron a los
niños a dormir, rechistando.
—¿Cómo
van las cosas, Marcelina?
—Los
rapaces te echan de menos.
—¿Sólo
ellos?
Una
sonrisa tímida le curvó el rostro. El hombre reparó en el moratón que le abrazaba
el párpado izquierdo. Marcelina se dio cuenta y bajó la vista. Curuxás apretó el
puño bajo la mesa.
—¿Cuándo
va a acabar esto? —se lamentó ella peinándose el cabello— La guerra terminó
hace casi dos años.
—Y
la perdimos.
—¿No
te han dicho de huir? Francia, Portugal…
—No
pienso dejaros aquí. Tengo contactos con la guerrilla, de momento seguiré
echado al monte.
—No
es vida, Ramón.
—Es
la que hay. Muchos no pueden contarlo.
—Temo
por ti.
—Siguen
viniendo a interrogarte —afirmó.
—A
menudo. Los niños dejan de jugar cuando oyen voces que se acercan.
Asintió
él con un cabeceo y la rabia le hizo apretar de nuevo los puños.
—¿Te
quedarás hoy?
Curuxás
creyó adivinarle el deseo agazapado en las pupilas. La observó un instante,
descansando la mirada en los requiebros de su cuerpo. Hacía mucho que no
estaban solos.
—Me
quedaré.
Por
unas horas, la posguerra, la represión y la miseria se difuminaron entre las paredes
tiznadas por el humo y las sábanas de lino de un camastro, en aquella remota aldea
gallega.
—¡Curuxás!
Sabemos que estás dentro. ¡Sal con las manos en alto y nadie resultará herido!
Una
voz autoritaria los sobresaltó temprano en la mañana. De forma instintiva se
vistió aprisa. Tomó el pistolón, su rifle y el macuto en que cargaba los
pertrechos. Se asomó a la ventana, apenas apartando una cortina. Una brigada de
la Guardia Civil rodeaba la casa. Alguien se había ido de la lengua. Nada que
tuviera ya remedio. Marcelina le agarró del brazo, sollozando. Su mirada
angustiada presagiaba un final siempre temido. Una lágrima le resbaló del ojo
amoratado.
—¿Quién
es el que te pega?
—Ramón,
¿qué vas a hacer?
—¡Habla,
muller!
Marcelina
señaló con mano temblorosa.
—El
de la pistola.
Quiso
abalanzarse sobre aquel hombre, ir afuera y acabar de una vez. Pero los niños
estaban allí y ella lo miraba como si ya lo hubiera perdido.
—Coge
a los rapaces y encerraos en la habitación del fondo. Oigas lo que oigas, ¡no
salgáis!
—Que
no te maten, Ramón.
Apenas
un hilo de voz sostuvo sus palabras. Sabía que podía ser lo último que la
escucharía decir, pero su decisión estaba tomada.
—Voy
a salir, ¡no disparéis! —gritó.
El
cabo que comandaba la partida se erguía altivo y confiado, apenas parapetado
tras el muro que delimitaba unos campos, pistola en mano. Curuxás levantó el
rifle. El cristal de la ventana estalló cuando apretó el gatillo.
Todo
era niebla y confusión. No podía haber sido más efectiva la bomba de humo que
le proporcionó la guerrilla. Salió corriendo y tropezó con algún guardia que
apenas distinguía quien tenía delante. Conocedor del lugar, caminó casi a
ciegas y se internó en los prados. Allí tenía que haber un bosquecillo de
robles. A tientas trepó a uno de ellos, mimetizándose con la frondosa
hojarasca. Oía las voces de los números que dictaban órdenes inconexas. El paso
de las horas disipó la humareda.
De Palas de Rei hicieron venir un auto para llevarse el cuerpo del cabo. Curuxás
lo observó todo desde su escondite, mientras partidas de gendarmes peinaban la
zona en busca del huido. Llegó la noche. Tenía las piernas entumecidas cuando
descendió. Si mantenía el paso, llegaría al campamento de Friol antes del
amanecer.
Ramón echó una última mirada a la casa solitaria. Recordó a los niños y
pensó en su Marcelina. Y comprendió que ya no había camino de regreso.
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