El
caer de la noche devuelve siempre un cálido abrazo, incluso cuando los tiempos no
incitan a aquietar el alma. En ello cavilaba Ramón Rodríguez Varela mientras
sus pies desollaban la arena suelta del camino.
La
madrugada anterior había realizado una furtiva visita al pazo de Mariñao. El
señorito palideció al ver el pistolón apuntándole.
—¡Curuxás!
—exclamó asustado.
—Ya
sabe, don Valentín, comida caliente y la contribución habitual.
La criada le sirvió un estofado mientras la familia lo observaba en silencio. Al terminar revolvió en un gesto casi cariñoso el cabello del más pequeño.
