Madrid, 1613
Unos pasos resonaban en la estrechez del callejón del Codo, con desigual cadencia por causa de la cojera del individuo. En su faz titilaba una sonrisilla traviesa, como si, excusado por las sombras de la noche, se le otorgase el placet para acometer la acción más abyecta. Se detuvo frente a una pared poco iluminada que olía a orines, y ajustose los anteojos. En aquel rincón que cada madrugada hacía las veces de letrina, alguien había plantado un crucifijo con la ilusoria esperanza de que la invocación de lo sagrado hiciera desistir a los incívicos que se desahogaban sin miramientos. Ante la ausencia de resultados, un postrer letrero insistía en el reproche:
Donde hay cruces, no se mea.
Apenas
conteniendo la risa, se dispuso el cojo a resarcir la afrenta instalando otro
cartel de su autoría:
Donde se mea, no se ponen cruces.(1)
Y
sin cargo alguno de conciencia se llevó la mano a la entrepierna con la
intención de devolver lo que, horas antes, el vino le había regalado.
—¡Dios os guarde, señoría!
El
hombrecillo vio interrumpido su quehacer antes siquiera de haber comenzado. Con
la botonadura aún abierta, se giró para contemplar a un caballero que con la
mano se atusaba el curvado bigote.
—¿Lope?
—acertó a distinguir— Os hacía en la alcoba, que el dormir suma a la par que
los años.
—Cuando
alcancéis los míos, comprobaréis que no les restan a los apetitos de la carne.
—Que
así sea. Hablando de necesidades del cuerpo, ¿habéis venido a acompañarme en la
ineludible urgencia que sobreviene tras los placeres de Baco?
—Apreciado
Quevedo, dado que no puedo rehusar esta papeleta, comenzaré por desabrocharme
la bragueta.
Disponíanse,
pues, ambos hombres a aligerar en comandita sus organismos, cuando los detuvo el aullido lastimero de los goznes de una puerta. A escasos metros, una
espigada y triste figura apareció en el umbral, acompañado por una joven de
generoso escote que lo despedía con un beso en la mejilla.
—¿Cervantes?
¡a vuestra edad! ¿no os da vergüenza? —le espetó Lope.
—En
mala hora hollo las calles, ¡el Fénix de los ingenios! —respondió
con retintín.
—¡Si
podríais ser su padre!
—Podría
—rió la moza— al igual que medio Madrid, que así como me concibió puso pies en
polvorosa.
—Los
pies os los besaba yo con gusto, Rosita.
—¿Cómo?
¿También la conocéis, Fénix?
—De
vista, Cervantes, tan solo de vista —se sonrojó Lope.
—Y
díganme vuesas mercedes, ¿cómo es que los hallo juntos en este rincón oscuro y
con las braguetas abiertas? ¿Debo sospechar que…?
—¡No,
por Dios! —exclamaron al unísono.
—Doy
fe que no por el de los anteojos —aseveró Rosita.
—¡Pero
vos también, Quevedo!
No
hubo tiempo para explicaciones, unos pasos sonaron por el callejón presagiando
la inminente llegada de compañía. Acertaron a verle el rostro solo cuando alcanzó su altura.
—Érase
un hombre a una nariz pegado ¡El que faltaba!
—¡Válgame el cielo! No podía empeorar la noche, ¡y he de tropezarme con Don Francisco
de Quebebo(2)!
—No
semeja que vengáis de pasarlo mal, vuestra mano apretando con disimulo la
entrepierna delata que os acucia la misma urgencia y, por ende, el santo Luis
de Góngora(3) ha gozado del caldo morado.
—Mal
rayo os parta, paticojo.
—¿Os
parece, señorías, que lo sometamos también a examen? —se burló Lope— Venid, Rosita,
necesitamos nuevamente de vuestra memoria.
—Callad,
Lope de Beba.(4)
—Yo
me voy a hacer un Pilatos —se excusó Rosita— Que los señoritos rompan solos los
platos.
—Caballeros,
haya paz —terció Cervantes— Pensémoslo, ¿qué posibilidad había de que los
cuatro coincidiésemos esta noche en el mismo lugar y a la misma hora? No
debemos torcer la mano al destino.
—Está
vuesa merced para hablar de manos —rió Lope.
—En
lo que me concierne —apuntó Quevedo— hay asuntos que no admiten ya más demora. Y
por lo que adivino en los rostros de sus señorías, intuyo que la urgencia es
compartida.
—Compartamos
pues —se alegró Cervantes— y por una noche regocijémonos en lo que nos une.
Juntos, demos rienda suelta a la necesidad de la que todo hombre es esclavo.
—¡Y
toda mujer!
—¡Rosita!
—exclamaron mirando hacia la ventana de la que procedía la voz.
Así
fue como se obró el milagro y, esa madrugada, aquellos próceres de las letras
abandonaron sus mutuos resquemores y compartieron un instante de quietud que se tornó en alivio primero y, después, en absoluta felicidad. Por contra, las
piedras de la desdichada pared soportaban de nuevo la cálida humedad expelida por
los cuatro genios. No sabían, esos pobres incautos, que a pocos metros e
iluminada ya la escena por las primeras punzadas del alba, en la plazuela que
se abría al final del callejón un imberbe aprendiz, que casualmente se hallaba
en la capital acompañando a su maestro Francisco Pacheco, dibujaba un esbozo de
la escena a la mismísima velocidad del rayo.
—Algún
día, cuando alcance la fama, daréis gracias porque haya inmortalizado vuestras
posaderas, caballeros.
Los
cuatro se volvieron, pero el mozalbete corría ya como alma en pena, calle
abajo. Con el tiempo, de aquella andanza el pintor alumbró un lienzo, que
tituló sin devanarse en exceso la sesera, Literatos miccionando y Rosita boquiabierta tras una cortina. En una esquina estampó la firma que, pasados
los años, llegaría a ser gloriosa: Diego de Velázquez.(5)
Nadie
sabe ni sabrá nunca, salvo Dios y con mayor razón el diablo, qué terminó siendo
de aquel cuadro.
(1) Anécdota real protagonizada por Quevedo en la madrileña calle del Codo. Este rincón de la ciudad era utilizado a menudo como aliviadero para quienes se retiraban después de una noche de juerga. Era costumbre entre los afectados poner una cruz intentando que lo sagrado sirviese de disuasión. La calle del Codo baja desde la plaza de la Villa bordeando la Torre de los Lujanes, donde el emperador Carlos I mantuvo preso por un año al rey Francisco I de Francia tras apresarlo en la batalla de Pavía. Zona de recomendada visita si se viaja a la capital.
(2) Francisco de Quebebo es el despectivo
con el que Góngora se refirió a Quevedo en una de sus sátiras, en alusión a su
afición a la bebida y la juerga nocturna. Quevedo compuso otra dedicada a Góngora en la que se refiere a él como "Érase un hombre a una nariz pegado".
(3) Aquí me tomo una licencia literaria, pues Góngora no se asentó en Madrid hasta 1617, ya muerto Cervantes en 1616. No obstante, nada impide que en la fecha en la que se sitúa el relato Góngora estuviese de paso en la capital, aunque no esté históricamente documentado.
(4) Entre Lope de Vega (apodado El Fénix de los Ingenios) y Góngora existía
también una rivalidad personal y literaria, cambiando este último el apellido de Lope a
de Beba en una de sus rimas, en alusión a su también afición a la juerga. Del mismo modo, Lope y Cervantes tenían también serias disputas personales.
(5) De nuevo me permito una licencia, puesto que Velázquez se estableció en Madrid en 1623. En 1613 el pintor tenía 14 años y era ya aprendiz en el taller de su maestro Francisco Pacheco, en Sevilla. Para hacerlo coincidir con los cuatro genios, me invento un viaje a la capital en compañía de su mentor.



Muy buena e ingeniosa participación.
ResponderEliminarUn abrazo.
Gracias Chema. Un abrazo.
EliminarMuy ingenioso y divertido. Menudo plantel de primeros figuras en mundano cónclave. Saludo de oro y gracias.
ResponderEliminarHola Fernando, cuatro literatos, un pintor, y Rosita. Un abrazo.
EliminarAy, qué genialidad, Jorge. Una escena divertidísima, casi un vodevil, maravillosamente ambientada y en un tono digno del siglo de oro. Me ha encantado esta improvisada reunión de genios, el modo en que los humanizas y la tregua que en esa situación tan particular dan por un momento a su enemistad. Una maravilla de relato.
ResponderEliminarHola Marta. La verdad es que estos genios de las letras tenían muchas rencillas entre si, envidias y también se hacían notar atacando al contrario. Un cartel de eminencias que coincidieron en un mismo tiempo, incluso con Velázquez, que aparece fugazmente al final del relato y al que curiosamente a pesar de su genialidad no se le reconoce como gran pintor hasta finales del siglo XIX, mas de 200 años después de su muerte. Gracias por comentar. Un abrazo.
Eliminar¡Hola! Muchas gracias por participar en el Concurso de Relatos 50 ed. en El Tintero de Oro. ¡Suerte!
ResponderEliminarGracias a ti Auxi!
EliminarPues no veas como estaba la calle de concurrida, tan solo faltaba la santa hermandad. Enhorabuena Jorge te ha quedado un relato muy de Madrid de los Austrias.Un abrazo.
ResponderEliminarHola Ainhoa, cosas del destino, que es así de caprichoso. Un abrazo.
EliminarA sus pies, don Jorge. Ingenioso caballero entrelazando genios en un rincón oscuro. Genial.
ResponderEliminarUn abrazo.
Gracias Carmen, mientras no salgan de una lámpara... Un abrazo
EliminarHola Jorge, nos has pintado con maestría y originalidad un quinteto que ni el mismísimo Velázquez podía haber plasmado mejor. ¿Tú estás bien seguro de no saber dónde se esconde el cuadro? Porque, para no saberlo, ¡conoces demasiados detalles! 🤣😂🤣
ResponderEliminarUn abrazo fuerte, Marlen
Hola Marlen. En realidad la leyenda dice que cuando el rey Carlos II tenía ataques de melancolía contemplaba el cuadro hasta que le daba la risa, y que terminó por quemarse en el incendio del alcázar de Madrid a principios del siglo XVIII... pero alguien me ha chivado que los del Ministerio del Tiempo consiguieron sacarlo y está decorando algún despacho oficial. Un abrazo.
EliminarDeberíamos apodarte FENIX DE LOS INGENIOS II !!! El lenguaje del Siglo de Oro con sus espadas verbales desplegadas es perfecto. Lo disfruté enormemente Te felicito de corazón. Un abrazo de Juana
ResponderEliminarHola Juana. He intentado que sonara lo más parecido a la época, espero haberlo conseguido. Muchas gracias. Un abrazo.
EliminarY menos mal que no había redes sociales en aquella época que hicieran ver las indecorosas acciones que los "influencers" y famosos de la época. El club de los meones los llamaría yo, por no decir otra cosa 😅
ResponderEliminarHola Noelia, de haber redes sociales seguramente Velázquez no hubiera pintado el cuadro, hubiera colgado la foto en instagram. Un abrazo.
Eliminar¿Quien sino aquellos españoles de aquellos tiempos, sería capaz de inventar el trabajo de paparazi antes de inventar la fotografia?
ResponderEliminarY VelZquez el primero.
Te felicitó por el texto y también por la documentación. Ambos magnificos.
Abrazoo y suerte
Hola Gabiliante, si es que lo que no se inventara en la España de la época, no se inventaba en ningún sitio. Un abrazo.
EliminarHola, Jorge.
ResponderEliminarGenial, querido compañero, y divertido, muy divertido; y muy bien escrito. Con licencias y sin ellas, has exprimido tu increíble talento para crear un relato "redondo". Te felicito y te doy la enhorabuena.
Te deseo mucha suerte en el Tintero.
Un fuerte abrazo.
Hola Patxi, las licencias en literatura a veces hay que tomárselas, siempre que no sean barbaridades imposbles de encajar con la realidad. Muchas gracias. Un abrazo.
EliminarCreo que esos desacuerdos en tan nobles caballaros son legendarias, porque solian escribirse versos y poemas insultantes en grado extremo pero lo hacian con talento, puede ser que el quijote de avellaneda sea consecuencia de toda esa "mala leche" entre estos COLOSOS del siglo del oro.
ResponderEliminarBuen repaso por todas esas figuras siendo Lope y Cervantes las columnas de la lengua
y vaya que en esos dias eran juerguistas y escritores de tiempo completo
que esas riñas entre ellos pues alimente l aleyenda de nuestros escritores insignia.
Hola J.C. muy cierto, se lanzaban pullas pero lo hacían con arte, si los tuviéramos en X hoy en día otro gallo nos cantaría. UN abrazo.
EliminarIlustre quinteto de artistas el que has reunido aqui en este simpático relato! Me ha gustado mucho el tono humorístico y irónico de la escena! Un abrazote y mucha suerte en el concurso!
ResponderEliminarHola Marifelita. Ilustres figuras, muy cierto. Muchas gracias, un abrazo.
EliminarHola Jorge, están todos los que son y son todos los que están en esa trifulca.
ResponderEliminarNo puedo decir nada más que te quedó fantástico. Mi enhorabuena.
Un abrazo
Puri
Hola Puri, podrían haberse añadido algunos más, pero la escena ya iba a quedar muy sobrecargada. Muchas gracias, un abrazo.
Eliminar¡Hola Jorge! Este relato es una delicia humorística total. Cuando llegué a lo de: —"Yo me voy a hacer un Pilatos, que los señoritos rompan solos los platos"— me dio la risa floja. ¡Enhorabuena por esta joya, un abrazo!
ResponderEliminarHola Eitán. Esa era la idea , sacaros una sonrisa (entre otras cosas), así que si lo he conseguido me doy por satisfecho. Un abrazo.
EliminarExcelentísimo relato! Lleno de humor, picarídia y encima bien documentado!
ResponderEliminarUn placer leerte.
Un abrazo
Hola Mirna, muchas gracias, me alegra que te gustase. Un abrazo.
Eliminarun gran relato con los grandes clásicos, mis felicitaciones
ResponderEliminarGracias Manuel.
EliminarUn relato del que se sentirían honrados los cinco artistas (cuento con Velázquez). Y Rosita, por supuesto. Sería interesante ver ese cuadro perdido. ¿Estará en una colección privada y perdido en un trastero polvoriento?
ResponderEliminarUn relato genial; solo falta que Diego Alatriste y Tenorio, veterano de Flandes, hubiera pasado por allí para aliviarse.
Mucha suerte en el concurso. Un abrazo.
Hola Bruno, cierto, los 5 y Rosita, que juega un papel en el relato más importante de lo que parece, al menos en la intención del autor, y que es la única que sale de cara en ese retrato. Creo que el cuadro está en los sótanos del cuadro esperando a ser redescubierto. Un abrazo.
EliminarJa ja.. uno se imaginaria a tan ilustres personajes en un café o en una plaza conversando sobre temas culturales de alto nivel.. pero, la verdad, a veces los sitios más inverosímiles proporcionan los encuentros más memorables... Que lo diga Rosita.. ja ja
ResponderEliminarHola Octavio. Los genios también tienen sus bajezas, y este encuentro tan poco ortodoxo lo demuestra. Al final Rosita e la más inocente. Un abrazo.
EliminarJa, ja, Jorge, cuando dijiste en mi relato que los dos eran parecidos pero el tuyo más literario no acababa de comprender. Pensé que era más serio, formal, pero de serio nada. Vaya meadita más productiva. Qué catálogo de palabrejas te gastas, y que maestría con la ambientación, se palpa el escenario, se percibe la arrogancia o el desprecio que atribuyes a los personajes. Hay un trabajo a conciencia para elegir a los contendientes y sus entresijos. Felicidades por el aporte. Divertido e instructivo en varios aspectos.
ResponderEliminarMucha suerte y un abrazo!
Hola Pepe. En efecto hemos coincidido en el planteamiento, aunque tú tiraste por la música y yo por la literatura, juntando cada uno a su manera a figuras ilustres del pasado exponiendo sus rencillas. Las disputas entre las eminencias son bien conocidas, sobre todo Quevedo con Góngora que era algo ya muy personal, y Lope con Cervantes quienes también tenían lo suyo. Hay algún episodio muy divertido en la serie "el ministerio del tiempo" donde presenta a estos últimos como críos enzarzados en peleas triviales, que en parte ha servido de inspiración para el relato (de hecho la idea original era explotar solo la rivalidad entre Lope y Cervantes, pero luego se amplió el catálogo a partir de la anécdota real de Quevedo en el callejón del Codo). Un abrazo.
EliminarHola, Jorge. Me lo has hecho pasar en grande con esta historia que, en algunos pasajes causa hilaridad con esa jerga al uso de la época en que se desarrollan los hechos. Todos esos caballeros, por muy enfrentados que estuvieran en el día a día, convergían de noche en el mismo lugar para desahogar sus inquietudes biológicas. En eso coincidían, eso del unía, pues la carne es débil y necesita ver satisfechas sus necesidades aunque tengas que compartirlas con tu peor enemigo. Menudo trabajo preparatorio has debido hacer para lograr un relato de tan alta calidad.
ResponderEliminarUn abrazo.
Hola Josep, la verdad es que en cuanto a documentación conocía bastante, por haberlo leído, por alguna visita guiada que he hecho en la capital, por haber visitado la casa museo de Lope de Vega en Madrid... asi que lo que más trabajo me llevó a nivel de documentación fue cuadrar las fechas para hacer coincidir a los 5 personajes en Madrid de manera más o menos verosímil (de hecho Quevedo marcha ese mismo año 1613 a Sicilia y no vuelve hasta ya muerto Cervantes), y con Velázquez hice un tirabuzón pues lo pilla muy joven y en Sevilla, al igual que con Góngora que no llega a coincidir con Cervantes en Madrid, pero bueno a veces en literatura hay que tomarse algunas licencias. Muchas gracias y un abrazo.
EliminarEnhorabuena, Jorge, por tu brillante Tintero de Oro.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo.
Muchas gracias Patxi! Un abrazo.
EliminarUn oro bien merecido. Felicidades!!!!
ResponderEliminarMuchas gracias Bruno, felicidades a ti tambien por tu bronce!
Eliminar¡Felicidades, Jorge! Este blog Entre brumas resplandece como un faro de la costa galaica.
ResponderEliminarMuchas gracias Carmen. Un abrazo!
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