Hay
días que se deshacen anegados en tristeza, y este catorce de abril es uno de
ellos. Incluso el cielo, que amaga con dejar caer el orballo tan típico de
estas tierras, parece querer sumarse al duelo. Procesionan los coches hacia la
iglesia de la Inmaculada, apodada de los Picos por su techo en forma de
estrella, y los féretros se trasvasan desde los vehículos al interior del
templo; rostros compungidos, algún que otro llanto y tanta inocencia truncada
que hasta duele el alma. Hay días que amanecen con la promesa de ser olvidados,
pero este sábado negro quedará, ya para siempre, en el recuerdo imperecedero de
una ciudad.
