La
ciudad parecía una miniatura esculpida en piedra por cuyas calles deambulaban
la prisa y la rutina. Las gárgolas semejaban reírse de las multitudes. Atronaron las campanas sobre dos jóvenes que
contemplaban el horizonte, aupados a una de las torres de Notre Dame.
—¡No
se como puedes dormir con este ruido!
—La
costumbre.
—Ahora que hemos acabado con el malvado juez Frollo, puedes buscarte una morada más apropiada.
