lunes, 3 de febrero de 2025

Hoy, igual que ayer

    En la cocina se oye el batir de los cubiertos contra un plato. La niña, casi adolescente, devora con avidez un guiso que le parece el manjar más delicioso que pudiera probarse. Su rostro enjuto está tiznado de suciedad, al igual que sus ropas andrajosas. Alrededor de ella, una mujer de mediana edad se afana nerviosa entre improvisados preparativos. Sentada frente a la niña, con la piel arañada por los años, otra mujer ya anciana la contempla mientras de entre las comisuras de los labios se le escapa una sonrisa de satisfacción; la huella del deber consumado aporta serenidad a su semblante. La adolescente levanta la vista de vez en cuando mirándola, todavía, con desconfianza.

—¿Sabes por qué estás aquí?

La chica niega, un atisbo de angustia le cruza el rostro. Demasiado horror la ha golpeado ya. La vieja le toma una mano y sonríe. Luego se recuesta contra el respaldo de la silla, como queriendo pausar el tiempo. Cierra los ojos por un momento, rescatando de la memoria sucesos muy lejanos y, con un tono de voz rasgado, comienza su relato.

 

Yo era poco mayor que tú, quince años cumplidos. Llegué a casa después de pasar casi toda la mañana haciendo cola para comprar un poco de pan. Enseguida supe que algo andaba mal. La puerta estaba abierta y en el interior todo aparecía revuelto. Mis padres, mi hermano Víktor y mi abuela habían desparecido. Deambulé por las habitaciones durante largo rato sin saber qué hacer. Ingenua como era, pensaba que podrían regresar en cualquier momento, como si nada de todo aquello estuviese ocurriendo ¡cuán equivocada estaba! Entonces oí un ruido que provenía de la puerta de entrada.

Helga, la vecina, apareció en el umbral. Le costaba hablar. Me apretó ambas manos con fuerza.

—¡Se los han llevado, Sara! Debes marcharte cuanto antes, nada puedes hacer ya.

Aun conmocionada, me di cuenta de que la mujer había deslizado un papel en mi mano.

—Ve, corre ¡pueden volver cuando menos lo esperemos!

Escapé con la sensación de no saber muy bien donde
estaba. Nunca las calles me parecieron más tristes. Un batallón de uniformados, con sus brazaletes enseñando la esvástica, pasó junto a mí mientras me escondía tras un pequeño muro. Mis dedos temblaban, apenas pude desenrollar el papel que Helga me había dado: Leipziger Platz, 7. No quedaba lejos, pero el camino se me hizo eterno.

La plaza formaba un octógono amplio, con un pequeño soto de árboles en su centro. Al llegar busqué con la desesperación carcomiéndome por dentro. Cinco, seis… ocho. ¡El siete no existía! Volví sobre mis pasos, esperando que el maldito portal apareciese de la nada; el destino parecía estar burlándose de mí. Caminé tambaleándome hasta el centro de la plazuela, escudriñando con la mirada sin saber muy bien el qué. Me sentía como si fuese la única persona en el mundo, terriblemente sola. Entonces alguien me agarró del brazo por detrás.

—Ven conmigo, Sara Goldstein.

Las piernas comenzaron a temblarme. Se trataba de un hombre, lo recuerdo bien, que pasaría de los treinta, rubio y bien parecido, vestido de americana y con un sombrero de ala sobre la cabeza. Desprendía olor a tabaco viejo. Me arrastró unos pasos mientras miraba en todas direcciones, como temiendo la curiosidad ajena. Al fin me arrinconó contra una pared. Clavó la mirada en mis ojos y debió de ver el terror que me angustiaba.

—Helga me hizo saber que vendrías, niña.

No pronunció más palabras. Tampoco fue necesario. Caminamos más de una hora por estrechas callejuelas, evitando las avenidas. En una ocasión nos cruzamos con un par de SS uniformados. Vamos, hija mía, fue lo único que me dijo al pasar junto a ellos. Nuestro destino era un viejo edificio a las afueras, tan feo como cualquiera de los que lo rodeaban. Entonces no lo sabía, pero la buhardilla de la tercera planta sería mi hogar durante el próximo año y medio. En ese lugar convivimos hacinadas cinco personas. Nuestros cuidadores eran un matrimonio mayor que nos traían provisiones cada vez más escasas, junto con las pocas noticias que llegaban del exterior. Allí deberíamos aguantar hasta el final de la guerra. Pero yo no era mujer que pudiera estar parada.

Peleé para que me pusieran en contacto con Fritz, el alemán que me llevó allí el primer día. Me consiguieron papeles falsos, una carta de racionamiento y una habitación en un suburbio en el que nadie debería conocerme. Entré a formar parte de la resistencia. Labores de enlace y algún que otro pequeño sabotaje fueron los trabajos que se me encomendaron. En dos ocasiones, los nazis estuvieron a punto de capturarme. Siempre llevaba conmigo una cápsula de cianuro, por lo que pudiera pasar. Cuando cayó la ciudad, todo eran ruinas: los edificios, nuestros cuerpos hambrientos y —suspiró hondo— los jirones deshilachados de nuestras almas.

 

Ya no se oye el batir de los cubiertos. La niña, casi adolescente, y la mujer de mediana edad interrogan con la mirada aquel rostro arrugado, solicitando saber más. Una cuchara cae al suelo, gritando un lamento agudo que tintinea un par de veces antes de apagarse. Tras eso, solo se oye la respiración trabajosa de la anciana Sara Goldstein, cansada tras el largo monólogo.

Por las mejillas de piel oscura de la joven resbala una lágrima. Casi reconoce como suya la historia que acaba de escuchar, al menos en la esencia de su trasfondo. Recuerda a sus padres, a su hermano, sus abuelos. Todos están muertos ya. Siente la soledad pesándole, igual que si los escombros de todas las casas derruidas de su barriada hubieran caído sobre ella. Se arrebuja en la Kufiya a cuadros blancos y rojos que, junto a su pelo negro, se le enrosca al cuello.

—Ahora dime, pequeña Sumaya —interroga Sara de nuevo— ¿Sabes ya por qué estás aquí?

2 comentarios:

  1. Muy buena tu aportación al concurso.
    Un abrazo.

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  2. Hola, Jorge.
    Con la pregunta final, ay, con esta. Dejas abierta una puerta a miles de posibilidades. ¿Por qué está allí? Al leerte visualizo a otra Sara, a su continuación, y que esta le enseñará todo lo aprendido.
    Magnífico relato.
    Un fuerte abrazo.

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