miércoles, 27 de marzo de 2019

Proyecto Canlarchín

Andrés la tiene larga y delgada. La de Evaristo es gruesa y arrugada como una salchicha Frankfurt. La mía, como no soy un hombre, está siempre húmeda y cubierta de pelos a ambos lados. Y es que hay sustanciales diferencias entre la nariz de un ser humano y la de un perro.

La primera vez que hice este comentario se me quedaron mirando con cara de asombro y la doctora Eva Braun se puso colorada como un pimiento, luego comenzaron a reír y no dejaron de hacerlo durante al menos diez minutos. Siempre me costó entender el particular sentido del humor de los humanos respecto al sexo.

¡Pero, los perros no hablan! habréis exclamado sin duda. Es cierto, los perros normales no hablan, mas yo no soy un cánido corriente. Me llamo Kiki y hace años que participo en el Proyecto ICA (Inteligencia Canina Artificial), un experimento ultrasecreto que combina terapia génica, una alimentación especial y las más avanzadas técnicas quirúrgicas para crear una super-raza a partir del mejor amigo del hombre. Aunque, a decir verdad, en nuestra particular jerga el ensayo era conocido con un nombre mucho más coloquial, el Proyecto Canlarchín.  Sí, yo también pienso que al inventor de semejante apelativo habría que haberle cortado… la nariz.