martes, 23 de julio de 2019

El último día de Sara

Antes de abrir la puerta, sólo escuchaba susurrar al miedo.

Era una familia extraña, pero de trato correcto. La señora, una mujer alta y delgada de tez pálida y unos cincuenta años, parca en palabras como nadie, me hablaba siempre de usted y mantenía las distancias, aunque en ocasiones hasta se le escapaba una sonrisa. El marido, por contra, solía sentarse a la noche en el sillón sin soltar su pipa, embutido en un traje gris y con una novela en la otra mano; después que yo hubiera acostado a los niños platicaba acerca de sus viajes de negocios o sobre las últimas novedades literarias. El trabajo no estaba mal pagado, aun teniendo en cuenta lo solitario de la casona. Sólo ponían una desconcertante condición: No abras jamás La Puerta. 

Aquella noche ambos habían salido. Los pequeños dormían y yo miraba con un hormigueo en el estómago hacia el final de la escalera.

viernes, 28 de junio de 2019

Apocalipsis



Sólo oía el sibilante sonido de los motores. La velocidad superlumínica había sido desconectada y la nave se aproximaba mediante propulsión iónica a su destino, un diminuto punto azul brillando solitario en la inmensidad del espacio. La teniente Maia Thiam contemplaba el hogar al que regresaba tras unos meses eternos, con la placentera sensación del deber cumplido. Un hogar abocado a una muerte segura en un plazo aterradoramente breve; y ella era su única esperanza. Se permitió un instante de relajación para disfrutar de la magnificiencia del universo, antes de rendir cuentas por la misión. Recordó el momento en el que había comenzado todo, cuando un año atrás la convocaron a una reunión que cambiaría para siempre su destino. Y también el de miles de seres.

martes, 30 de abril de 2019

No olvidar


Han pasado los años, toda una vida con sus alegrías y sinsabores. Ahora soy una anciana que contempla el paso del tiempo desde la distancia. Atrás quedaron los lustros de una brillante carrera como magistrada en el Tribunal Supremo.

Conseguí hacerme respetar y lo más importante, que respetasen mis ideas. Siempre destaqué por defender pensamientos avanzados para la época en que vivía, no me arrepiento de ello. Cuando la opinión mayoritaria aplaudía la aplicación de la pena de muerte como elemento ejemplarizante y, por qué no decirlo, como una suerte de venganza, que no justicia, del pueblo hacia individuos más o menos indeseables, yo sostuve la postura contraria. Hacerlo siendo mujer y en aquellos tiempos era todavía más difícil. Al final la evolución natural de las sociedades terminó por darme la razón.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Proyecto Canlarchín

Andrés la tiene larga y delgada. La de Evaristo es gruesa y arrugada como una salchicha Frankfurt. La mía, como no soy un hombre, está siempre húmeda y cubierta de pelos a ambos lados. Y es que hay sustanciales diferencias entre la nariz de un ser humano y la de un perro.

La primera vez que hice este comentario se me quedaron mirando con cara de asombro y la doctora Eva Braun se puso colorada como un pimiento, luego comenzaron a reír y no dejaron de hacerlo durante al menos diez minutos. Siempre me costó entender el particular sentido del humor de los humanos respecto al sexo.

¡Pero, los perros no hablan! habréis exclamado sin duda. Es cierto, los perros normales no hablan, mas yo no soy un cánido corriente. Me llamo Kiki y hace años que participo en el Proyecto ICA (Inteligencia Canina Artificial), un experimento ultrasecreto que combina terapia génica, una alimentación especial y las más avanzadas técnicas quirúrgicas para crear una super-raza a partir del mejor amigo del hombre. Aunque, a decir verdad, en nuestra particular jerga el ensayo era conocido con un nombre mucho más coloquial, el Proyecto Canlarchín.  Sí, yo también pienso que al inventor de semejante apelativo habría que haberle cortado… la nariz.

viernes, 18 de enero de 2019

Un acto de amor

Gruesos muros de piedra atrapan el silencio. El sol de la mañana se cuela por las vidrieras y proyecta un haz luminoso que colorea el centro de la nave. Huele a incienso y a cera derretida. En un banco solitario, una mujer de mediana edad hinca las rodillas sobre el reclinatorio, sus medias de lycra no evitan que la madera se le clave en la piel.

«Por favor, oh Dios, no te lo lleves tan pronto. No lo apartes aún de mí».

Apenas un susurro se le escapa entre los labios, tal vez teme que romper la quietud del lugar santo pueda suponer una ofensa hacia aquel que todo lo puede.

«Pero si esa es tu voluntad, tan solo te suplico que abras sus ojos y vea la luz, que se humille ante ti antes del último aliento, como yo lo hago en este mismo instante. ¡No nos condenes a separarnos para toda la eternidad!»

Un sacerdote orondo de gruesa papada camina por el pasillo. Atisba las lágrimas de la mujer  humedeciéndole los ojos, mas nadie debe interrumpir cuando se habla con el Altísimo. Las tribulaciones de aquella sierva de Dios no son de su incumbencia. Todavía no.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Ave María

Suena una voz apocada, parapetada tras una rendija, apenas un hilo acunando el silencio que a esa hora se adueña de todo. Musita las palabras como si le costase pronunciarlas, tal vez con vergüenza, quizás incluso con culpa. Él la esperaba y allí está de nuevo, como cada semana.

¿Otra vez? 

El Padre Damián trata de animarla a hablar, el tono es conciliador, pareciera que aquella alma atormentada no tuviese más apoyo que el suyo. No hay reproche en sus palabras, tan sólo una invitación al desahogo.

Otra vez, Padre.

Te escucho.

Silencio. Son pocos quienes visitan el templo a esa hora temprana. Algunos pasos se dejan oír ocasionalmente en la lejanía. El crepitar de los cirios disipa la incomodidad de la pausa que precede a la tormenta, al tiempo que dispersa un olor puro que los envuelve.

lunes, 25 de junio de 2018

Y comieron perdices

Todos los animalitos vivían felices y despreocupados en el país de Bombonlandia. 

Ardillas trepadoras, serpientes de cascabel y gatos descascabelados, golondrinas de austero frac y gaviotas pandilleras, perros, lobos, perros lobos, leones con densa melena y hienas de risa floja, ciervos, ginetas, urogallos, halcones de ojo avizor y palomas de la paz con ramo de olivo en pico, vacas, ovejas y gacelas saltarinas… compartían sueños y rutina en una tierra generosa. Todos tenían sus ocupaciones, se ganaban el sustento honradamente con el sudor de su frente y a cambio disfrutaban de ciertos momentos de asueto en los que relajarse y practicar su afición favorita. Y es que los animales que poblaban Bombonlandia tenían una adicción común, un pequeño e inofensivo pecado al que se entregaban sin excepción en sus ratos de ocio. ¡A todos les encantaban los bombones!

Nadie sabe a ciencia cierta cómo empezó tan singular inquietud, pues su recuerdo se remonta a la noche de los tiempos, pero cada cual hasta donde se lo permitiese su capacidad adquisitiva sucumbía al sabroso encanto de esos dulces centenarios. Bien es cierto que con el tiempo algunos animales tomaron por costumbre agenciarse más bombones de los que les correspondían, o dicho de un modo más claro, los robaban. Esto enfadó mucho a los Bombonlandienses, pues los bombones que unos cogían de más eran bombones que otros comían de menos. Así que quien era sorprendido con las manos en la masa recibía un ejemplar castigo, tras el cual los demás animalitos podían seguir comiendo dulces con la satisfacción de que se había hecho justicia. 

domingo, 20 de mayo de 2018

Hasta siempre, soledad

Encontré aquel lugar en Barcelona de casualidad.

La plaza forma un cuadrado delimitado por la iglesia de un viejo monasterio barroco y  varias fachadas renacentistas. Hay en su centro una fuente octogonal labrada en piedra con un surtidor en medio, junto a la fuente un árbol espigado y a su vera, la soledad.

No es una visitante ocasional que aparece y desaparece a su antojo. Ella forma parte del entorno, como los vetustos adoquines que tapizan el suelo o el rosetón que emulando un ojo omnipotente todo lo observa desde la fachada de la iglesia. Ella vive allí y sin su presencia la plaza no sería la misma.

Me hallaba en la ciudad por trabajo y a la noche me gustaba salir a pasear hacia el barrio Gótico. Deambulando sin un rumbo fijo el lugar se me apareció como por ensalmo. Tiene tan sólo dos entradas, la primera llegando desde un callejón estrecho y oscuro junto a la Catedral tras pasar bajo un arco entre dos casas, y otra en el extremo opuesto hacia el corazón del casco histórico. Desde entonces tenía por costumbre parar allí antes de ir a dormir. Supongo que nunca he sabido muy bien cómo encontrarme conmigo mismo.

sábado, 12 de mayo de 2018

La vida en el espejo

Fue una velada divertida a pesar de todo, Marta tenía que reconocerlo.

Al comenzar el curso habían alquilado la pequeña casa cercana al Campus. La encontraron por un precio módico y les pareció más cómodo que irse a un piso en la ciudad.

Noche de viernes junto a sus compañeras de estudios, Esther e Iria. Habían acudido también los novios de ambas, Jose y Marcelo. Ideal para olvidar la dura época de exámenes, le dijeron. Cena rápida con unas pizzas que habían encargado por teléfono, El sexto sentido en el televisor y para terminar, la sesión de ouija que sus amigos se habían empeñado en realizar a pesar de los reparos iniciales de Marta.

¿Ves como no ha ocurrido nada, boba? —le recriminara Iria mientras daba cuenta de las raciones que habían sobrado.

A lo mejor tenía miedo de que un espíritu se escapase del vaso, ¡Uhhhh…! —se burló Jose.

martes, 1 de mayo de 2018

Al final del arcoiris

Tenía doce años y no pocas ilusiones. Todos los días caminaba dos kilómetros hasta la escuela y otros tantos a la vuelta. Parte del trayecto me acompañaba Jenny, una niña un año mayor que yo. Jenny era diferente a cualquier otra chica, de hecho no tenía que ver con la idea que alguien pudiera hacerse de una niña de su edad. En cierta ocasión se enfrentó a un grupo de muchachos que no dejaban de acosar a una amiga y el líder se llevó tal golpe que tuvieron que coserle la ceja. A Jenny le costó un labio abierto y una semana de expulsión, pero jamás nadie se atrevió a encararse con ella. 

¿Nunca te has preguntado qué hay al final del arcoiris? —me miró torciendo el gesto, como si la hubiera interrogado de la forma más ingenua.

Me crié en tierras de extensas llanuras cubiertas de cultivos e interminables pastos. Mi familia era pobre, había nacido el cuarto de cinco hermanos y vivíamos en una cabaña en medio del campo, algo alejados del pueblo más cercano. Una exangüe carretera cruzaba el llano, apenas transitada por algún coche de manera intermitente. Ha pasado el tiempo pero ese recuerdo permanece anclado en mi memoria. Los paisajes y colores que nos acompañan en la infancia tienen la magia de confundirse con nuestra esencia. Y aquellos fueron los míos.